sábado, 30 de julio de 2011

Andanzas ©

El sudor frío empapó su ropa. En un parpadeo alcanzó a ver las blancas y frías paredes de aquel baño: sintió que estaba dentro de un refrigerador. Sentada sobre la tapa del excusado, Sandra tuvo miedo de abrir los ojos y desvanecerse, pero cuando la cabeza además de girar vertiginosamente, comenzó a producir ecos que le retumbaban en los ojos no aguantó: su cuerpo se dobló como si fuera de hule hasta tocar la frente con las rodillas. No duró mucho en esa posición, apenas tuvo tiempo de pararse y levantar la tapa para sentir que le salía por la boca el estómago, el alma y hasta el cerebro. Luego, tras visitar el infierno con todo el cuerpo, se recargó en la pared con la horrible sensación de que caería en cualquier momento.

Mientras las paredes daban vueltas en torno suyo dio unos pasos y logró llegar hasta el lavabo. Estuvo a punto de no reconocer el rostro pálido que le miraba desde el espejo con los ojos llorosos por el esfuerzo y el cabello como tinta derramada sobre la frente sudorosa. El agua fría sobre la cara no le hizo mucho efecto, apoyó los antebrazos en el lavabo y endureció las corvas hacia atrás para sostenerse porque las piernas se le doblaban. Recargó la frente sobre el frío metal de la llave, sus ojos quedaron muy cerca del oscuro hoyo del desagüe: pensó que debería escurrirse por ahí y desaparecer del mundo, era lo mejor que le podía pasar en ese momento. Otra arqueada en el estómago le hizo escupir pura saliva, ya no le quedaba nada que echar, pero el demonio en su cuerpo le exigía el pago de todos sus excesos. Sandra pensó: “Si mi mamá me viera así”. Se acordó de Dios, aunque no creía mucho en él, “¿Y si me muero aquí sola en este pinche bar parisino de mala muerte?, ¿y si me recoge una ambulancia y se dan cuenta de que estoy intoxicada y me meten a la cárcel?”. El miedo le recorrió todo el cuerpo.

Respiro hondo y trató de controlarse, tras unos minutos de pánico se sobrepuso. De nuevo se sentó sobre la tapa del excusado y su cuerpo descansó, le dio sueño y entrecerró los ojos mientras con el hombro se recargaba en la pared. Escuchó que otras mujeres entraban y hacían uso de excusados y lavabos, oyó como corría el agua por las llaves y las tuberías y le dio mucho más frío. Cada vez que alguien entraba o salía por la puerta alcanzaba a escuchar el ruido del bar: Smashing Pumpkins cantaban miento,... espero,... me detengo,... dudo,... soy,... respiro,... pienso lo que podría ser... Era una tontería identificar una canción en el estado en que se hallaba, pero no era algo voluntario. Del mismo modo, la memoria le trajo imágenes de días atrás

La mañana en Notre Dame que vio a dos jovencitas rezar con gran devoción frente a un altar de la virgen de Guadalupe, ella no sabía que había uno ahí. Cuando terminaron, Sandra escuchó que pedían ayuda a otros mexicanos: les habían robado pasaportes y dinero. Tras un rato, antes de irse, las oyó cuando decidieron depositar el último peso mexicano que traían en la alcancía de madera frente a la virgen mexicana. Mientras Sandra las observaba desde la sillería de madera y mimbre, rodeada de hordas de turistas gringos y japoneses que recorrían la catedral, se preguntó si ella sería capaz de sentir tanta fe, pero no se pudo responder. Volvió a su presente y se preguntó si tendrían frío esta noche esas muchachas, “¿Un frío como el de las paredes blancas del pinche baño en el que ella estaba?” Su memoria siguió retrocediendo en la helada noche del baño parisino.

Semanas atrás, una cruda noche de diciembre envolvía la estación fronteriza de Port Bou, todos los viajeros que debían transbordar del ferrocarril español al francés, se refugiaron en los pasajes subterráneos mientras el tren realizaba las maniobras en las vías. Si esperar en los andenes era impensable para los europeos, para una mexicana sería mortal, y sin embargo, Sandra no pensaba en el frío. Recargada en la pared de aquel pasaje, todo el trajín de la estación y los pasajeros era más bien como un decorado, una escenografía que se movía detrás de Alan, el muchacho francés que con ahínco rayano en la desesperación, le rogaba que no tomara el tren a Milán sino que tomara uno con él, rumbo a París.

Lo había conocido en Barcelona una semana atrás. Apenas llegó y vio la vestimenta de las jóvenes españolas, Sandra sintió una libertad inusual que quiso vivir, así que se puso una minifalda verdaderamente corta y después se dirigió al barrio Gótico. Caminó sus callejuelas disfrutando el hecho de que los europeos insistentemente voltearan a verla y así llegó hasta la catedral, al poco rato sintió quien sabe cómo una mirada sobre ella y comenzó a buscar de quién era. Y lo que comenzó un juego de escondidas entre las columnas, terminó en la plaza Sant Jaume en fenomenal ligue con un francés, quien la halagó como nunca lo habían hecho. Así pasó Alan en su vida.

En México Sandra gustaba a los hombres, pero aquí era diferente, era una victoria muy especial descubrir que los güeros no sólo enloquecían con sus grandes ojos negros, su cabello rizado y oscuro y su piel morena; además, estaban prontos a cumplir sus mínimos deseos con tal de conquistarla. Toda la semana el pretendiente francés no se le despegó y con él recorrió Barcelona y las interminables escaleras del barrio judío de Girona.

Ahora tenía que decidir entre seguir su plan de visitar Milán y bajar hasta Roma, para luego tratar de embarcarse a Grecia. Aunque también podía aceptar la invitación de ir a París con Alan y descubrir qué pasaba con aquel enamorado repentino. El invierno comenzaba y el frío la empujaba al sur, además le habían dicho que allá le sería fácil conseguir trabajo. Mientras escuchaba por enésima vez los argumentos que trataban de convencerla, supo que iría a París, pero desvió la mirada un poco hacia un lado del alto y desgarbado muchacho francés y esbozó una sonrisa para sí misma ocultándola con su cabello suelto. Por unos segundos su mirada se cruzó con unos ojos que la miraron al pasar a unos metros de ahí, sin saber porqué, tuvo la certeza de que era un mexicano. Se parecía a José, un enamorado que había tenido en la Universidad e igual que con él, en la mirada de aquel muchacho, sintió que le adivinaba las ideas que le cruzaban por la cabeza. José, el hombre que no se había atrevido a amar.

Sus pensamientos fueron interrumpidos por el anuncio para abordar el tren, el murmullo creció y todo mundo se puso en movimiento. La excitación de la partida llenó el ambiente dentro del túnel, Sandra tomó sus cosas y enfiló rumbo al andén que la llevaría a París, al comenzar a subir las escaleras volteó a buscar el rostro que estaba segura era de un mexicano: ya no lo encontró. Por un momento tuvo un mal presentimiento, pero pensó “Aquí en Europa me estoy volviendo supersticiosa y eso no es nada bueno ¿En dónde estaría José?”

En París la novedad de salir con Alan duró una semana. El muchacho la adoraba y hacía todo lo que ella quería, así que ella se aburrió muy pronto y empezó a buscar la manera de levantar el vuelo; de hecho, la salida a un restaurante y un bar esta noche, era una especie de despedida, sin que lo supiera él obviamente. El vino comenzó a correr con la cena y en los bares que visitaron; en uno de ellos, Alan encontró a un grupo de amigos que los invitaron a unírseles, ella aceptó de inmediato, sobre todo cuando se sintió atraída por un italiano que venía con el grupo, se llamaba Massimo.

El italiano quedó prendado de inmediato de la mexicana, después de que circularon en la mesa varios porros de hachís la invitó a bailar. En la plática Sandra supo que él era otro europeo más harto de su continente; esperaba salir esa noche rumbo a Amsterdam, para tomar ahí un vuelo precisamente a México en pos de su sueño: un lugar donde hiciera calor, lo recibieran bien y todo fuera barato. A Massimo le pareció una buena señal que a punto de embarcarse, se le apareciera esta belleza de piel morena, de la que muy pronto recibió también señales de atracción mutua. A la primera oportunidad le preguntó sobre el francés, Sandra se encargó de que quedara bien claro que nada la unía a él, pero que tampoco pensaba embarcarse de regreso a México. La euforia de la noche le hizo sentirse dueña del mundo, no le importó ser brusca con Alan ni hacer un berrinche como pretexto para despedirse de él en algún bar de la madrugada. Después, con una chica holandesa inhaló un poco de coca en un baño y salió despampanante a tomarse una copa más de vino. Las consecuencias no se hicieron esperar, pronto tuvo que volver al baño con todos los síntomas de haberse cruzado.

Las lágrimas bañaron de nuevo el rostro de Sandra, pero ahora no eran de dolor físico sino de soledad. La tristeza invadió sus pensamientos y surgió el recuerdo de su familia, después el de Sergio su esposo: lo había dejado en Londres estudiando la maestría después de tres meses de matrimonio; un matrimonio que simplemente había sido su boleto para llegar a Europa. Se había alejado de él con un sentimiento de liberación y con el gusto de sentirse responsable por completo de sus actos; ahí había comenzado sus andanzas, desde entonces estaba viajando y conociendo Europa.

"¡En qué mal viaje te metiste pinche Sandrita!" pensó, y de nuevo se acordó de José, su pretendiente estudiantil, siempre le había recomendado cuidar mucho de no cruzarse metiéndose diferentes estimulantes a la vez. Le pareció escuchar su voz “porque entonces sí ves a dios y al diablo al mismo tiempo". Se puso de pie y se lavó la cara, esta vez se sintió mejor, se enjuagó la boca y se limpió la nariz, puso un poco de rubor en sus mejillas y se pintó una gruesa raya en los párpados. “Me veo de la chingada” murmuró para si misma. Controlando la vergüenza decidió sobreponerse y esperó un poco.

Había perdido la noción del tiempo y no salió hasta que pudo caminar sin marearse. Al entrar al salón sintió asco con el humo de los cigarrillos, la música le penetró en el cerebro y el calor de los cuerpos apretujados la envolvió de nuevo en sudor frío. Con dificultad llegó a la mesa y se espantó de no ver a nadie más que a Massimo, cuando preguntó dónde estaban los demás, un gesto del sonriente italiano lo dijo todo: se habían ido. La alegría que hubiera sentido en otras circunstancias de pronto se convirtió en miedo: “No conozco a este hombre, no tengo donde quedarme más que la casa de Alan, no tengo puta idea de donde estoy, no conozco París, hablo muy poco francés y nada de italiano”. Al sentarse, tuvo de nuevo la sensación de que veía a dios y al diablo al mismo tiempo.

El resto de la noche fueron retazos de realidad, malestar, fantasía, soledad y dolor. Massimo, al verla tan pálida, la sacó al aire fresco de la madrugada donde se puso peor. Las piernas de Sandra se volvieron de chicle y su rostro parecía una máscara de masa cruda. En vilo y casi desmayada, el italiano la subió a un taxi manejado por un árabe, Sandra medio escuchó una discusión en alguna mezcla de idiomas que solamente logró confundirla aún más. Con los ojos entrecerrados, ausente de sí misma y fuera de toda realidad, veía a través de los vidrios empañados las luces sobre las calles húmedas, esporádicamente escuchaba alguna sirena policíaca con su aullido intermitente “Como de película europea” pensó.

Oyó el crujir de la madera mientras la subían en brazos por una escalera, luego, los pasos fueron opacados por la alfombra que llegaba hasta una puerta. Poco después, su cuerpo se entumía sobre una cama helada: escuchó la voz de Massimo diciendo algo de la calefacción. Mientras él la desvestía, ella vio los hermosos ojos color verde y el cabello castaño del italiano, le acarició la barba y supo que le gustaba mucho, pero ella no estaba en condiciones para el sexo: sentía curiosidad y atracción, pero no deseo. Con los ojos cerrados pensó "Lo mismo de siempre ¿por qué para los hombres es tan importante acostarse conmigo?, ¿por qué no puedo sentir nada aunque me guste mucho mi pareja?, ¿por qué le llaman a esto hacer el amor?". Las dudas y las preguntas le surgían sin orden y espontáneamente, se acordó de la amiga que decía que las mujeres no racionalizaban en el momento de compartir la cama con un hombre y se sintió peor por hacerlo.

Momentos después sintió el cuerpo de Massimo sobre ella. Prefirió mantener los ojos cerrados, ya no podía hacer nada para negarse, por experiencia sabía que se saldría con la suya y más valía dejar que todo acabara rápido. Cuando sintió la boca de él entre sus piernas abrió los ojos y vio el foco desnudo y sin lámpara en el techo, Massimo se retiró y quedó hincado frente al sexo de ella mirándolo fijamente, Sandra al ver su excitación, decidió dejarlo hacer lo que quisiera, levantó las piernas hacia el techo y fijó su mirada en el foco, él, reanudó su tarea.

Al otro día Massimo canceló su viaje y le propuso a Sandra que lo acompañara a Florencia, le ofreció un departamento y pagarle las clases de danza que tanto quería ella tomar en Europa. Vivirían unos meses ahí para que aprendiera italiano y si congeniaban, regresarían a vivir en México y tendrían familia. Sandra pensó que era demasiado pronto para pensar en matrimonio, pero el chico era bastante guapo, le resolvía su situación momentáneamente y el futuro que le ofrecía no era nada despreciable. "Lo que pensarán mi familia y mis amistades cuando regrese casada con este cromo de hombre"

Sandra partió a Florencia, aprendió el idioma y, sobre todo, a dominar a los italianos, que no era poca cosa: tenían la plena certeza de que todas las mexicanas eran unas "calientes". El carácter fuerte y la atracción física que Sandra manejaba con astucia le permitió sobrevivir y acumular fuerza. Con paciencia, pero sobre todo con una mezcla de desapego y melosidad logró dominar a Massimo y atarlo a ella.

Dos años después de su partida, el regreso de Sandra a México fue triunfal, al lado de un güero de ojos claros, barba cerrada y un buen ahorro para instalarse en México. Del esposo que la había llevado a Londres no supo más. Acorde con el descubrimiento de sí misma que había hecho en Europa comenzó a escribir y a pesar de algunas dificultades iniciales, logró venderle sus artículos a una revista. Después, la crisis económica acompañó su embarazo y la inestable situación del país complicó la estancia de Massimo. Las dificultades la hicieron madurar, la hija le trajo responsabilidades y el matrimonio aburrimiento e insatisfacción. Un día descubrió que su vida había cambiado irremediablemente y para siempre sin que ella se diera cuenta.

Massimo la mantenía bastante bien, iba y venía a Italia dándole espacio para descansar de él y vivir con tranquilidad; en su última carta le decía que tomaría un avión para Jamaica y si podía llegaría a México. Todo parecía bien, sin embargo a veces, cuando le abrumaba la nostalgia, le llegaban los recuerdos de aquel pasaje en los andenes de Port-Bou: sí, ahí había cambiado el rumbo de su vida y era lo que le advertía la mirada de aquel muchacho con pinta de mexicano tan parecido a José.

Un domingo de paseo en Chapultepec con su pequeña hija, creyó volverlo a ver. En algún momento, cansada de caminar por el zoológico se sentó en la banqueta, veía pasar a las familias y se sintió muy sola y embebida en sus pensamientos. De pronto percibió la mirada insistente de un hombre en bicicleta: la miraba y la miraba como queriendo reconocerla. Con vanidad y curiosidad pensó que ella había cambiado mucho, sobre todo ahora que desde su embarazo estaba gorda y con huellas de paño en el rostro. A decir verdad, ella tampoco reconocía a aquel hombre, aunque tenía cierto aire de rostro conocido. El rostro de la estación de Port-Bou cruzó por su cabeza y después el de su pretendiente en la Universidad, “No puede ser José, sería como si los años no hubieran pasado por él; además, este hombre tiene un atractivo que él nunca tuvo. ¿Por qué me mira con tanta insistencia?, ¿le gusto?, ¿Porqué no me atreví a intentarlo con José? ¿En qué momento cambió mi vida sin hacer nada para darme cuenta?”

Ninguno de los dos, ni Sandra ni José tenían ganas de una aventura, pero menos tuvieron el valor ni la suficiente certeza para saludar un rostro del pasado que aquel día se les apareció a ambos, como uno de esos fantasmas que tanto abundan en el bosque de Chapultepec. ©

Video: Chapultepec impresionista: http://bit.ly/9sdOsg

Este es otro relato perteneciente a la serie "La Despedida" del que han sido publicados en este blog:

Moronita: http://bit.ly/cnC3u1

Chambas: http://bit.ly/btHs84

La Despedida: http://bit.ly/lt9PdW

Caricias: http://bit.ly/oEykt9

viernes, 15 de julio de 2011

Caricias ©

Hace mucho tiempo que conozco los secretos de Eva porque la he acompañado en los momentos más cruciales de su vida en los últimos años. He podido ver no sólo sus congojas y sus pesares, también he conocido sus secretos más íntimos, los más recónditos así como sus ansias más contenidas… tanto como su cuerpo desnudo. Por eso, lo que contaré, no tengo duda que es algo bastante fiel a las sensaciones que cruzan la piel y la mente de Eva, ¡Si lo sabré yo!

Desde la primera vez que nos vimos nos gustamos mutuamente. El día que ella se mudó y mientras dejaba muebles y cajas en el espacio vacío de su nuevo departamento, decidí entrar y saludarla. Los efluvios de nuestros cuerpos nos impregnaron a ambos, uno y otro quedamos subyugados por la sensación de nuestros cuerpos, la sedosidad y el color de nuestro cabello; y si bien tardamos varios días en volvernos a ver, fue claro que algo se había iniciado entre nosotros. Desde aquel día cada vez que llegaba, yo iba a saludarla, a recibir su cariñoso beso y su caricia, luego, me sumergía durante horas en un ambiente pleno de ella, de sus deseos y de su voz. De esa manera me fui impregnando de Eva hasta conocerla en su intimidad.

Abrió la puerta, entró, y al cerrarla, se recargó en ella con un gesto de fastidio pero también de alivio. Una ola de silencio la rodeó y la apartó del mundo exterior: del registro civil, de los abogados y del hombre con quien había estado casada. Al cerrar la puerta, fue como si una ola la hubiera devuelto a la única playa firme y segura que conocía: esta casa, su nuevo depa. Respiró y supo que el mundo apenas y se había movido. Desde la puerta observó las cajas a medio abrir que navegaban a la deriva en medio del desorden. En aquel momento no lo vio, oculto entre las sombras del naufragio en que terminaba su matrimonio, Eva respiró todavía con cierta timidez en esa isla nueva y desconocida que se aparecía frente a su vida.

La recuerdo las primeras semanas, dedicada durante toda la tarde a pintar un lienzo que poco a poco se llenaba de colores e imágenes de su mundo interior, un mundo que para mi era obvio con su sola presencia y que ella se empeñaba en ocultar a la mirada ajena. Pero definitivamente la recuerdo más, en sus visitas con el único y exclusivo fin de mostrar su cuerpo desnudo. Al principio aquello fue sólo para mí, cuando venía a probarse alguna prenda de ropa nueva que pasaba a integrarse al enorme guardarropa y que la mayoría de las veces nunca volvía a salir de ahí. Esas tardes transcurridas a solas con ella frente al espejo, mientras yo la veía desde un sillón o acostado displicentemente en la cama, fueron un tiempo sin tiempo, como siempre lo es para mi.

Ese tiempo a solas en su nueva casa, como no lo estaba desde hacía mucho, terminaron cuando comenzó la tensión en la parte final del trámite de separación. Una tensión que sólo confirmó el anhelo de otra vida y la sentencia de divorcio, tensión que terminó de romper todo vínculo con su marido, excepto que al mismo tiempo supo que ocho años de vida le unían a él. No quiso abandonarse a sus pensamientos y sentirse ausente de sí misma; así que decidió desempacar las últimas cajas y reacomodar la casa.

A medida que emergían de las cajas piedras de colores, conchas pulidas por el mar, collares y abalorios, perfumados saquitos de especias y piezas esculpidas en madera, su rostro comenzó a reflejar los recuerdos, ausencias y presencias de lo que había sido su vida. Uno en particular trajo a su memoria lo que había significado la metamorfosis –como le gustaba catalogarlo- de todo su cuerpo, de sus sentidos y de todos sus sentimientos, un cuerpo del que durante mucho tiempo la misma Eva había ignorado el placer que podía senttr... hasta que Suren apareció en su vida.

Eva lo había conocido en París, luego de cuatro años de vivir en esa ciudad y cuando terminada la misión diplomática de su marido, comenzaron los preparativos para retornar a su país. Días antes de tomar el avión de regreso y dejar una hermosa ciudad que solamente había servido para descubrir la soledad de su matrimonio, Eva se fue a caminar por la orilla del río Sena y sin darse cuenta, llegó a la pequeña Isla de Saint Louis. Desde que la había conocido, se sentía impulsada a volver una y otra vez a la vieja banca que se hallaba en el extremo sur: una solitaria banca de madera bruñida por el tiempo y la intemperie y con la única compañía de un viejo farol de principios de siglo. Sin saber cómo, Eva había encontrado en ambos una forma de renovar sus fuerzas y sobrellevar la rutina en que se había convertido su vida, como si el agua al fluir y retomar un sólo cauce se llevaran todos sus pesares.

Lo que había surgido de las cajas y había desatado su memoria era un pequeño pichón tallado en madera de ébano pulido y brillante. Eva observó las vetas de la madera y comenzó a acariciarlas con los dedos y la mirada. Suren le había enseñado que el cuerpo puede conocer lo que nos rodea y los objetos hermosos devolvernos un mundo imaginado: Eva quiso tocar, sentir las vetas y encontrar en ellas las imágenes de sus sueños. Nunca había prestado atención al material del que estaban hechas las cosas, fue Suren quien se lo mostró, precisamente desde la primera vez que lo vio sentado en aquella vieja banca de madera en la Isla de Saint Louis.

Lo primero que llamó su atención de aquel joven moreno que parecía inmigrante, fue el intenso color negro de su cabello. Con la mirada fija en el agua y las manos sobre el asiento, su quietud se fundía con la banca: no pareció reparar en la mujer que lo observaba. Eva esperó un rato a que se fuera y dejara el lugar sólo para ella, pero al ver que transcurría el tiempo y no mostraba intención de irse, decidió sentarse en el otro extremo de la banca. Fue la insistente y curiosa mirada de ella lo que hizo que él volviera el rostro y mostrara sus negros e inmensos ojos que con una sola mirada apenaron a Eva; el hielo se rompió cuando él, con voz primero contrita y después casi riéndose de sí mismo, le explicó lo que hacía en la banca.

Se llamaba Suren Bose, había viajado a París hacía ocho años para estudiar Economía, pero en realidad era un ávido lector de literatura francesa. Con grandes esfuerzos se había costeado el viaje y después había trabajado a lo largo de cuatro años para sostener sus estudios, lo único que le daría para vivir en su país. El día de su regreso descubrió la banca y ahí prometió volver algún día. Pasó el tiempo , pero a partir de ese viaje, su actitud ante la vida cambió el rumbo de lo que creía era su karma. Ahora, al ver las marcas de su compromiso en la madera, se preguntaba para qué había servido lo que había hecho de su vida. Cuando Suren le mostró sus iniciales y la fecha en la madera, Eva se fijó en la obscura mano que hacía surgir las huellas de la memoria como por arte de magia. Más que tocar, Suren acarició las muescas del tiempo en la madera.

La dulzura y el acento hindú del francés que hablaba Suren, así como su caminar, que a los ojos de Eva le pareció el de un danzarín, la cautivaron. La plática rompió su soledad, la belleza del lugar y la presencia etérea de lazos pensados como imposibles, hizo que el tiempo comenzara a transcurrir de manera diferente. Mientras caminaba con él por la tupida arboleda de la isla de los enamorados, se abandonó al disfrute de ese momento en el que todavía no pasa nada, pero se sabe que algo sucederá. Feliz de caminar junto a aquel cuerpo ágil y bronceado, llegó al pequeño hotel en el que Suren se hospedaba, guiada simplemente por el deseo de ser acariciada por esa voz y por esas manos: Eva quería convertirse en una figura tallada en madera para ser tocada por las manos de Suren.

Pero las manos de él fueron lo último que tocaron el cuerpo de Eva aquella tarde. Antes, Suren la fue acariciando con diversos objetos de su pertenencia, uno a uno recorrieron su piel y su cabello buscando que ella descubriera el Gyana Vriti, el conocimiento de los objetos le dijo él, y efectivamente sin saber cómo, Eva fue percibiendo con su piel el brillo y la energía de los objetos que Suren pasaba por todo su cuerpo. Cada uno lograba caricias insinuadas que paulatinamente la fueron excitando de una manera desconocida hasta entonces. Primero fue el pequeño pichón tallado en ébano, cuya obscura calidez y suavidad de pulido se acomodaba muy bien a las partes curvas de ella, de hecho sus oquedades parecían recibir con gusto y placer al animalito. Después él le enseñó a disfrutar del cambio de temperatura de la madera al entrar en contacto con su piel: en la nuca lo sentía fresco y al bajar lentamente por su espalda adquiría el calor de ella, pero al llegar a los muslos, Suren volteaba el trozo de madera y entonces el frescor del animalito hacia ruborizar todo su cuerpo.

Eva se desnudó y se sentó en una silla de madera frente a su escritorio y sintió la cobija de lana en sus pies. Eva sintió mi mirada y le invadió tal felicidad que decidió poner música, quería disfrutar de todos sus sentidos y ver el mundo y a todos los demás desde una absoluta distancia; quería crear otro mundo, uno a su gusto, uno a imagen y semejanza de este momento. Al compás de la música deslizó sus pies sobre las esteras y las cobijas en el piso de madera; a ratos se quedaba quieta percibiendo cada milímetro de fibra bajo los pies, después se movía y sentía la frescura de la madera y el tejido de palma, luego, de nuevo la tibia huella del paso anterior. La melancolía y la dilatación del tiempo que evocaba la voz de Lucia di Lammermoor desde el tocadiscos, le trajeron las manos de Suren deteniéndose en cada vano y en cada surco de su cuerpo. Eva había descubierto así que para que alguien la poseyera por entero, necesitaba demostrar que no quería poseerla sino solamente tomar lo que ella quisiera dar.

De nuevo dejó que los objetos que la rodeaban tocaran su cuerpo: la helada superficie de un espejo hizo reaccionar sus pezones y le devolvió la imagen de su turgencia; una oscura pluma de gaviota encontrada en la playa de Saint-Michel, le hizo cosquillas en los muslos y el vientre como si fuera el cabello de Suren y una ocarina indígena de barro absorbió su saliva, dejando en sus labios y lengua el sabor a tierra mojada. Ungió un poco de miel en sus pezones y los tiñó de dulce oscuridad, frente al espejo vio su ombligo -que parecía un cáliz en miniatura- y sintió el deseo de llenarlo con almíbar de durazno. Cuando se lo propuso a Suren, éste lo llenó repetidas veces y otras tantas vació el pequeño cáliz con la lengua y los labios. En medio del travieso recuerdo surgió la cara que su marido había puesto cuando le insinuó la misma idea, él se rió de ella y terminó diciendo que las sábanas quedarían pegajosas para toda la noche si realizaban tan disparatada idea.

Reconocí su cuerpo y la reconciliación consigo misma, con sus sueños, sus otros yo y su nueva vida. La ví cuando se acostó desnuda sobre un petate y se cubrió con una gruesa manta, resistí la tentación de hacerle compañía porque era más grande mi placer al ver como el leve escozor tan parecido a las caricias insinuadas, la llevó a la difusa frontera entre los recuerdos y los sueños: las imágenes fluían una tras otra en libre asociación. El aroma del incienso la transportó al universo de movimientos y formas del humo observadas a contraluz, como las de un sol de invierno a través de la ventana que miraba hacia París. Una ventana por la que tantas veces pensó alguna vez escapar. Una ventana como la del hotel Saint Honoré por la que había escapado gracias a Suren. Una ventana como la del Registro Civil de Coyoacan, en la que esa tarde había visto a las aves tomar por asalto la plaza y luego levantar el vuelo. Una ventana de melancolía en la que veía su propia imagen en la vidriera.

Eva volvió a París tiempo después, el primer día de su estancia, sin pensarlo mucho, se dirigió a la Isla de St Louis para buscar su banca, pero ya no la encontró. La tristeza y el enojo que sintió en el primer momento, dieron paso a la resignación de no volver a ver y tocar aquel viejo pedazo de madera lleno de recuerdos, promesas y evocaciones, huellas talladas con la memoria y las apasionadas navajas de tanta gente de todas partes. Decidió brindar y dedicar su recuerdo al ciudadano del mundo que seguramente tendría con orgullo y en su casa aquellos pedazos de madera. Eva no la volvería a ver ni a tocar, al igual que no volvería a su antigua vida, ni tampoco los momentos de placer que conociera con Suren Bose y sus caricias en la banca...

-¡Ah no, eso sí que no!, eso para nada- se dijo a sí misma. En su escala amorosa, las caricias de un hombre solamente podían ser un arte o no serían ya nada.

Y vaya que a partir de aquel entonces Eva supo disfrutar el arte de las caricias en su cuerpo. Quizás aprendió algo de mí: para que alguien te posea por entero, sólo necesita mostrar que no quiere poseerte, sino solamente tomar lo que tu le das. ¿Qué quien soy yo para afirmar tal cosa?. Me llamo Kazu y soy un experto en mimos y galanteos, soy un gato que además de disfrutar de los cariños y poseer el cuerpo de Eva con el olfato y la mirada, gozo de enredarme en sus piernas, lamer sus muslos y estar presente cada vez que ella examina a un hombre con sus caricias!. ©

Nota:

Este es el 4º relato del libro "La Despedida" que he venido subiendo al blog Ojalá les haya gustado...- para que me den ganas de subir los otros! Los comentarios ayudan...