sábado, 30 de julio de 2011

Andanzas ©

El sudor frío empapó su ropa. En un parpadeo alcanzó a ver las blancas y frías paredes de aquel baño: sintió que estaba dentro de un refrigerador. Sentada sobre la tapa del excusado, Sandra tuvo miedo de abrir los ojos y desvanecerse, pero cuando la cabeza además de girar vertiginosamente, comenzó a producir ecos que le retumbaban en los ojos no aguantó: su cuerpo se dobló como si fuera de hule hasta tocar la frente con las rodillas. No duró mucho en esa posición, apenas tuvo tiempo de pararse y levantar la tapa para sentir que le salía por la boca el estómago, el alma y hasta el cerebro. Luego, tras visitar el infierno con todo el cuerpo, se recargó en la pared con la horrible sensación de que caería en cualquier momento.

Mientras las paredes daban vueltas en torno suyo dio unos pasos y logró llegar hasta el lavabo. Estuvo a punto de no reconocer el rostro pálido que le miraba desde el espejo con los ojos llorosos por el esfuerzo y el cabello como tinta derramada sobre la frente sudorosa. El agua fría sobre la cara no le hizo mucho efecto, apoyó los antebrazos en el lavabo y endureció las corvas hacia atrás para sostenerse porque las piernas se le doblaban. Recargó la frente sobre el frío metal de la llave, sus ojos quedaron muy cerca del oscuro hoyo del desagüe: pensó que debería escurrirse por ahí y desaparecer del mundo, era lo mejor que le podía pasar en ese momento. Otra arqueada en el estómago le hizo escupir pura saliva, ya no le quedaba nada que echar, pero el demonio en su cuerpo le exigía el pago de todos sus excesos. Sandra pensó: “Si mi mamá me viera así”. Se acordó de Dios, aunque no creía mucho en él, “¿Y si me muero aquí sola en este pinche bar parisino de mala muerte?, ¿y si me recoge una ambulancia y se dan cuenta de que estoy intoxicada y me meten a la cárcel?”. El miedo le recorrió todo el cuerpo.

Respiro hondo y trató de controlarse, tras unos minutos de pánico se sobrepuso. De nuevo se sentó sobre la tapa del excusado y su cuerpo descansó, le dio sueño y entrecerró los ojos mientras con el hombro se recargaba en la pared. Escuchó que otras mujeres entraban y hacían uso de excusados y lavabos, oyó como corría el agua por las llaves y las tuberías y le dio mucho más frío. Cada vez que alguien entraba o salía por la puerta alcanzaba a escuchar el ruido del bar: Smashing Pumpkins cantaban miento,... espero,... me detengo,... dudo,... soy,... respiro,... pienso lo que podría ser... Era una tontería identificar una canción en el estado en que se hallaba, pero no era algo voluntario. Del mismo modo, la memoria le trajo imágenes de días atrás

La mañana en Notre Dame que vio a dos jovencitas rezar con gran devoción frente a un altar de la virgen de Guadalupe, ella no sabía que había uno ahí. Cuando terminaron, Sandra escuchó que pedían ayuda a otros mexicanos: les habían robado pasaportes y dinero. Tras un rato, antes de irse, las oyó cuando decidieron depositar el último peso mexicano que traían en la alcancía de madera frente a la virgen mexicana. Mientras Sandra las observaba desde la sillería de madera y mimbre, rodeada de hordas de turistas gringos y japoneses que recorrían la catedral, se preguntó si ella sería capaz de sentir tanta fe, pero no se pudo responder. Volvió a su presente y se preguntó si tendrían frío esta noche esas muchachas, “¿Un frío como el de las paredes blancas del pinche baño en el que ella estaba?” Su memoria siguió retrocediendo en la helada noche del baño parisino.

Semanas atrás, una cruda noche de diciembre envolvía la estación fronteriza de Port Bou, todos los viajeros que debían transbordar del ferrocarril español al francés, se refugiaron en los pasajes subterráneos mientras el tren realizaba las maniobras en las vías. Si esperar en los andenes era impensable para los europeos, para una mexicana sería mortal, y sin embargo, Sandra no pensaba en el frío. Recargada en la pared de aquel pasaje, todo el trajín de la estación y los pasajeros era más bien como un decorado, una escenografía que se movía detrás de Alan, el muchacho francés que con ahínco rayano en la desesperación, le rogaba que no tomara el tren a Milán sino que tomara uno con él, rumbo a París.

Lo había conocido en Barcelona una semana atrás. Apenas llegó y vio la vestimenta de las jóvenes españolas, Sandra sintió una libertad inusual que quiso vivir, así que se puso una minifalda verdaderamente corta y después se dirigió al barrio Gótico. Caminó sus callejuelas disfrutando el hecho de que los europeos insistentemente voltearan a verla y así llegó hasta la catedral, al poco rato sintió quien sabe cómo una mirada sobre ella y comenzó a buscar de quién era. Y lo que comenzó un juego de escondidas entre las columnas, terminó en la plaza Sant Jaume en fenomenal ligue con un francés, quien la halagó como nunca lo habían hecho. Así pasó Alan en su vida.

En México Sandra gustaba a los hombres, pero aquí era diferente, era una victoria muy especial descubrir que los güeros no sólo enloquecían con sus grandes ojos negros, su cabello rizado y oscuro y su piel morena; además, estaban prontos a cumplir sus mínimos deseos con tal de conquistarla. Toda la semana el pretendiente francés no se le despegó y con él recorrió Barcelona y las interminables escaleras del barrio judío de Girona.

Ahora tenía que decidir entre seguir su plan de visitar Milán y bajar hasta Roma, para luego tratar de embarcarse a Grecia. Aunque también podía aceptar la invitación de ir a París con Alan y descubrir qué pasaba con aquel enamorado repentino. El invierno comenzaba y el frío la empujaba al sur, además le habían dicho que allá le sería fácil conseguir trabajo. Mientras escuchaba por enésima vez los argumentos que trataban de convencerla, supo que iría a París, pero desvió la mirada un poco hacia un lado del alto y desgarbado muchacho francés y esbozó una sonrisa para sí misma ocultándola con su cabello suelto. Por unos segundos su mirada se cruzó con unos ojos que la miraron al pasar a unos metros de ahí, sin saber porqué, tuvo la certeza de que era un mexicano. Se parecía a José, un enamorado que había tenido en la Universidad e igual que con él, en la mirada de aquel muchacho, sintió que le adivinaba las ideas que le cruzaban por la cabeza. José, el hombre que no se había atrevido a amar.

Sus pensamientos fueron interrumpidos por el anuncio para abordar el tren, el murmullo creció y todo mundo se puso en movimiento. La excitación de la partida llenó el ambiente dentro del túnel, Sandra tomó sus cosas y enfiló rumbo al andén que la llevaría a París, al comenzar a subir las escaleras volteó a buscar el rostro que estaba segura era de un mexicano: ya no lo encontró. Por un momento tuvo un mal presentimiento, pero pensó “Aquí en Europa me estoy volviendo supersticiosa y eso no es nada bueno ¿En dónde estaría José?”

En París la novedad de salir con Alan duró una semana. El muchacho la adoraba y hacía todo lo que ella quería, así que ella se aburrió muy pronto y empezó a buscar la manera de levantar el vuelo; de hecho, la salida a un restaurante y un bar esta noche, era una especie de despedida, sin que lo supiera él obviamente. El vino comenzó a correr con la cena y en los bares que visitaron; en uno de ellos, Alan encontró a un grupo de amigos que los invitaron a unírseles, ella aceptó de inmediato, sobre todo cuando se sintió atraída por un italiano que venía con el grupo, se llamaba Massimo.

El italiano quedó prendado de inmediato de la mexicana, después de que circularon en la mesa varios porros de hachís la invitó a bailar. En la plática Sandra supo que él era otro europeo más harto de su continente; esperaba salir esa noche rumbo a Amsterdam, para tomar ahí un vuelo precisamente a México en pos de su sueño: un lugar donde hiciera calor, lo recibieran bien y todo fuera barato. A Massimo le pareció una buena señal que a punto de embarcarse, se le apareciera esta belleza de piel morena, de la que muy pronto recibió también señales de atracción mutua. A la primera oportunidad le preguntó sobre el francés, Sandra se encargó de que quedara bien claro que nada la unía a él, pero que tampoco pensaba embarcarse de regreso a México. La euforia de la noche le hizo sentirse dueña del mundo, no le importó ser brusca con Alan ni hacer un berrinche como pretexto para despedirse de él en algún bar de la madrugada. Después, con una chica holandesa inhaló un poco de coca en un baño y salió despampanante a tomarse una copa más de vino. Las consecuencias no se hicieron esperar, pronto tuvo que volver al baño con todos los síntomas de haberse cruzado.

Las lágrimas bañaron de nuevo el rostro de Sandra, pero ahora no eran de dolor físico sino de soledad. La tristeza invadió sus pensamientos y surgió el recuerdo de su familia, después el de Sergio su esposo: lo había dejado en Londres estudiando la maestría después de tres meses de matrimonio; un matrimonio que simplemente había sido su boleto para llegar a Europa. Se había alejado de él con un sentimiento de liberación y con el gusto de sentirse responsable por completo de sus actos; ahí había comenzado sus andanzas, desde entonces estaba viajando y conociendo Europa.

"¡En qué mal viaje te metiste pinche Sandrita!" pensó, y de nuevo se acordó de José, su pretendiente estudiantil, siempre le había recomendado cuidar mucho de no cruzarse metiéndose diferentes estimulantes a la vez. Le pareció escuchar su voz “porque entonces sí ves a dios y al diablo al mismo tiempo". Se puso de pie y se lavó la cara, esta vez se sintió mejor, se enjuagó la boca y se limpió la nariz, puso un poco de rubor en sus mejillas y se pintó una gruesa raya en los párpados. “Me veo de la chingada” murmuró para si misma. Controlando la vergüenza decidió sobreponerse y esperó un poco.

Había perdido la noción del tiempo y no salió hasta que pudo caminar sin marearse. Al entrar al salón sintió asco con el humo de los cigarrillos, la música le penetró en el cerebro y el calor de los cuerpos apretujados la envolvió de nuevo en sudor frío. Con dificultad llegó a la mesa y se espantó de no ver a nadie más que a Massimo, cuando preguntó dónde estaban los demás, un gesto del sonriente italiano lo dijo todo: se habían ido. La alegría que hubiera sentido en otras circunstancias de pronto se convirtió en miedo: “No conozco a este hombre, no tengo donde quedarme más que la casa de Alan, no tengo puta idea de donde estoy, no conozco París, hablo muy poco francés y nada de italiano”. Al sentarse, tuvo de nuevo la sensación de que veía a dios y al diablo al mismo tiempo.

El resto de la noche fueron retazos de realidad, malestar, fantasía, soledad y dolor. Massimo, al verla tan pálida, la sacó al aire fresco de la madrugada donde se puso peor. Las piernas de Sandra se volvieron de chicle y su rostro parecía una máscara de masa cruda. En vilo y casi desmayada, el italiano la subió a un taxi manejado por un árabe, Sandra medio escuchó una discusión en alguna mezcla de idiomas que solamente logró confundirla aún más. Con los ojos entrecerrados, ausente de sí misma y fuera de toda realidad, veía a través de los vidrios empañados las luces sobre las calles húmedas, esporádicamente escuchaba alguna sirena policíaca con su aullido intermitente “Como de película europea” pensó.

Oyó el crujir de la madera mientras la subían en brazos por una escalera, luego, los pasos fueron opacados por la alfombra que llegaba hasta una puerta. Poco después, su cuerpo se entumía sobre una cama helada: escuchó la voz de Massimo diciendo algo de la calefacción. Mientras él la desvestía, ella vio los hermosos ojos color verde y el cabello castaño del italiano, le acarició la barba y supo que le gustaba mucho, pero ella no estaba en condiciones para el sexo: sentía curiosidad y atracción, pero no deseo. Con los ojos cerrados pensó "Lo mismo de siempre ¿por qué para los hombres es tan importante acostarse conmigo?, ¿por qué no puedo sentir nada aunque me guste mucho mi pareja?, ¿por qué le llaman a esto hacer el amor?". Las dudas y las preguntas le surgían sin orden y espontáneamente, se acordó de la amiga que decía que las mujeres no racionalizaban en el momento de compartir la cama con un hombre y se sintió peor por hacerlo.

Momentos después sintió el cuerpo de Massimo sobre ella. Prefirió mantener los ojos cerrados, ya no podía hacer nada para negarse, por experiencia sabía que se saldría con la suya y más valía dejar que todo acabara rápido. Cuando sintió la boca de él entre sus piernas abrió los ojos y vio el foco desnudo y sin lámpara en el techo, Massimo se retiró y quedó hincado frente al sexo de ella mirándolo fijamente, Sandra al ver su excitación, decidió dejarlo hacer lo que quisiera, levantó las piernas hacia el techo y fijó su mirada en el foco, él, reanudó su tarea.

Al otro día Massimo canceló su viaje y le propuso a Sandra que lo acompañara a Florencia, le ofreció un departamento y pagarle las clases de danza que tanto quería ella tomar en Europa. Vivirían unos meses ahí para que aprendiera italiano y si congeniaban, regresarían a vivir en México y tendrían familia. Sandra pensó que era demasiado pronto para pensar en matrimonio, pero el chico era bastante guapo, le resolvía su situación momentáneamente y el futuro que le ofrecía no era nada despreciable. "Lo que pensarán mi familia y mis amistades cuando regrese casada con este cromo de hombre"

Sandra partió a Florencia, aprendió el idioma y, sobre todo, a dominar a los italianos, que no era poca cosa: tenían la plena certeza de que todas las mexicanas eran unas "calientes". El carácter fuerte y la atracción física que Sandra manejaba con astucia le permitió sobrevivir y acumular fuerza. Con paciencia, pero sobre todo con una mezcla de desapego y melosidad logró dominar a Massimo y atarlo a ella.

Dos años después de su partida, el regreso de Sandra a México fue triunfal, al lado de un güero de ojos claros, barba cerrada y un buen ahorro para instalarse en México. Del esposo que la había llevado a Londres no supo más. Acorde con el descubrimiento de sí misma que había hecho en Europa comenzó a escribir y a pesar de algunas dificultades iniciales, logró venderle sus artículos a una revista. Después, la crisis económica acompañó su embarazo y la inestable situación del país complicó la estancia de Massimo. Las dificultades la hicieron madurar, la hija le trajo responsabilidades y el matrimonio aburrimiento e insatisfacción. Un día descubrió que su vida había cambiado irremediablemente y para siempre sin que ella se diera cuenta.

Massimo la mantenía bastante bien, iba y venía a Italia dándole espacio para descansar de él y vivir con tranquilidad; en su última carta le decía que tomaría un avión para Jamaica y si podía llegaría a México. Todo parecía bien, sin embargo a veces, cuando le abrumaba la nostalgia, le llegaban los recuerdos de aquel pasaje en los andenes de Port-Bou: sí, ahí había cambiado el rumbo de su vida y era lo que le advertía la mirada de aquel muchacho con pinta de mexicano tan parecido a José.

Un domingo de paseo en Chapultepec con su pequeña hija, creyó volverlo a ver. En algún momento, cansada de caminar por el zoológico se sentó en la banqueta, veía pasar a las familias y se sintió muy sola y embebida en sus pensamientos. De pronto percibió la mirada insistente de un hombre en bicicleta: la miraba y la miraba como queriendo reconocerla. Con vanidad y curiosidad pensó que ella había cambiado mucho, sobre todo ahora que desde su embarazo estaba gorda y con huellas de paño en el rostro. A decir verdad, ella tampoco reconocía a aquel hombre, aunque tenía cierto aire de rostro conocido. El rostro de la estación de Port-Bou cruzó por su cabeza y después el de su pretendiente en la Universidad, “No puede ser José, sería como si los años no hubieran pasado por él; además, este hombre tiene un atractivo que él nunca tuvo. ¿Por qué me mira con tanta insistencia?, ¿le gusto?, ¿Porqué no me atreví a intentarlo con José? ¿En qué momento cambió mi vida sin hacer nada para darme cuenta?”

Ninguno de los dos, ni Sandra ni José tenían ganas de una aventura, pero menos tuvieron el valor ni la suficiente certeza para saludar un rostro del pasado que aquel día se les apareció a ambos, como uno de esos fantasmas que tanto abundan en el bosque de Chapultepec. ©

Video: Chapultepec impresionista: http://bit.ly/9sdOsg

Este es otro relato perteneciente a la serie "La Despedida" del que han sido publicados en este blog:

Moronita: http://bit.ly/cnC3u1

Chambas: http://bit.ly/btHs84

La Despedida: http://bit.ly/lt9PdW

Caricias: http://bit.ly/oEykt9

viernes, 15 de julio de 2011

Caricias ©

Hace mucho tiempo que conozco los secretos de Eva porque la he acompañado en los momentos más cruciales de su vida en los últimos años. He podido ver no sólo sus congojas y sus pesares, también he conocido sus secretos más íntimos, los más recónditos así como sus ansias más contenidas… tanto como su cuerpo desnudo. Por eso, lo que contaré, no tengo duda que es algo bastante fiel a las sensaciones que cruzan la piel y la mente de Eva, ¡Si lo sabré yo!

Desde la primera vez que nos vimos nos gustamos mutuamente. El día que ella se mudó y mientras dejaba muebles y cajas en el espacio vacío de su nuevo departamento, decidí entrar y saludarla. Los efluvios de nuestros cuerpos nos impregnaron a ambos, uno y otro quedamos subyugados por la sensación de nuestros cuerpos, la sedosidad y el color de nuestro cabello; y si bien tardamos varios días en volvernos a ver, fue claro que algo se había iniciado entre nosotros. Desde aquel día cada vez que llegaba, yo iba a saludarla, a recibir su cariñoso beso y su caricia, luego, me sumergía durante horas en un ambiente pleno de ella, de sus deseos y de su voz. De esa manera me fui impregnando de Eva hasta conocerla en su intimidad.

Abrió la puerta, entró, y al cerrarla, se recargó en ella con un gesto de fastidio pero también de alivio. Una ola de silencio la rodeó y la apartó del mundo exterior: del registro civil, de los abogados y del hombre con quien había estado casada. Al cerrar la puerta, fue como si una ola la hubiera devuelto a la única playa firme y segura que conocía: esta casa, su nuevo depa. Respiró y supo que el mundo apenas y se había movido. Desde la puerta observó las cajas a medio abrir que navegaban a la deriva en medio del desorden. En aquel momento no lo vio, oculto entre las sombras del naufragio en que terminaba su matrimonio, Eva respiró todavía con cierta timidez en esa isla nueva y desconocida que se aparecía frente a su vida.

La recuerdo las primeras semanas, dedicada durante toda la tarde a pintar un lienzo que poco a poco se llenaba de colores e imágenes de su mundo interior, un mundo que para mi era obvio con su sola presencia y que ella se empeñaba en ocultar a la mirada ajena. Pero definitivamente la recuerdo más, en sus visitas con el único y exclusivo fin de mostrar su cuerpo desnudo. Al principio aquello fue sólo para mí, cuando venía a probarse alguna prenda de ropa nueva que pasaba a integrarse al enorme guardarropa y que la mayoría de las veces nunca volvía a salir de ahí. Esas tardes transcurridas a solas con ella frente al espejo, mientras yo la veía desde un sillón o acostado displicentemente en la cama, fueron un tiempo sin tiempo, como siempre lo es para mi.

Ese tiempo a solas en su nueva casa, como no lo estaba desde hacía mucho, terminaron cuando comenzó la tensión en la parte final del trámite de separación. Una tensión que sólo confirmó el anhelo de otra vida y la sentencia de divorcio, tensión que terminó de romper todo vínculo con su marido, excepto que al mismo tiempo supo que ocho años de vida le unían a él. No quiso abandonarse a sus pensamientos y sentirse ausente de sí misma; así que decidió desempacar las últimas cajas y reacomodar la casa.

A medida que emergían de las cajas piedras de colores, conchas pulidas por el mar, collares y abalorios, perfumados saquitos de especias y piezas esculpidas en madera, su rostro comenzó a reflejar los recuerdos, ausencias y presencias de lo que había sido su vida. Uno en particular trajo a su memoria lo que había significado la metamorfosis –como le gustaba catalogarlo- de todo su cuerpo, de sus sentidos y de todos sus sentimientos, un cuerpo del que durante mucho tiempo la misma Eva había ignorado el placer que podía senttr... hasta que Suren apareció en su vida.

Eva lo había conocido en París, luego de cuatro años de vivir en esa ciudad y cuando terminada la misión diplomática de su marido, comenzaron los preparativos para retornar a su país. Días antes de tomar el avión de regreso y dejar una hermosa ciudad que solamente había servido para descubrir la soledad de su matrimonio, Eva se fue a caminar por la orilla del río Sena y sin darse cuenta, llegó a la pequeña Isla de Saint Louis. Desde que la había conocido, se sentía impulsada a volver una y otra vez a la vieja banca que se hallaba en el extremo sur: una solitaria banca de madera bruñida por el tiempo y la intemperie y con la única compañía de un viejo farol de principios de siglo. Sin saber cómo, Eva había encontrado en ambos una forma de renovar sus fuerzas y sobrellevar la rutina en que se había convertido su vida, como si el agua al fluir y retomar un sólo cauce se llevaran todos sus pesares.

Lo que había surgido de las cajas y había desatado su memoria era un pequeño pichón tallado en madera de ébano pulido y brillante. Eva observó las vetas de la madera y comenzó a acariciarlas con los dedos y la mirada. Suren le había enseñado que el cuerpo puede conocer lo que nos rodea y los objetos hermosos devolvernos un mundo imaginado: Eva quiso tocar, sentir las vetas y encontrar en ellas las imágenes de sus sueños. Nunca había prestado atención al material del que estaban hechas las cosas, fue Suren quien se lo mostró, precisamente desde la primera vez que lo vio sentado en aquella vieja banca de madera en la Isla de Saint Louis.

Lo primero que llamó su atención de aquel joven moreno que parecía inmigrante, fue el intenso color negro de su cabello. Con la mirada fija en el agua y las manos sobre el asiento, su quietud se fundía con la banca: no pareció reparar en la mujer que lo observaba. Eva esperó un rato a que se fuera y dejara el lugar sólo para ella, pero al ver que transcurría el tiempo y no mostraba intención de irse, decidió sentarse en el otro extremo de la banca. Fue la insistente y curiosa mirada de ella lo que hizo que él volviera el rostro y mostrara sus negros e inmensos ojos que con una sola mirada apenaron a Eva; el hielo se rompió cuando él, con voz primero contrita y después casi riéndose de sí mismo, le explicó lo que hacía en la banca.

Se llamaba Suren Bose, había viajado a París hacía ocho años para estudiar Economía, pero en realidad era un ávido lector de literatura francesa. Con grandes esfuerzos se había costeado el viaje y después había trabajado a lo largo de cuatro años para sostener sus estudios, lo único que le daría para vivir en su país. El día de su regreso descubrió la banca y ahí prometió volver algún día. Pasó el tiempo , pero a partir de ese viaje, su actitud ante la vida cambió el rumbo de lo que creía era su karma. Ahora, al ver las marcas de su compromiso en la madera, se preguntaba para qué había servido lo que había hecho de su vida. Cuando Suren le mostró sus iniciales y la fecha en la madera, Eva se fijó en la obscura mano que hacía surgir las huellas de la memoria como por arte de magia. Más que tocar, Suren acarició las muescas del tiempo en la madera.

La dulzura y el acento hindú del francés que hablaba Suren, así como su caminar, que a los ojos de Eva le pareció el de un danzarín, la cautivaron. La plática rompió su soledad, la belleza del lugar y la presencia etérea de lazos pensados como imposibles, hizo que el tiempo comenzara a transcurrir de manera diferente. Mientras caminaba con él por la tupida arboleda de la isla de los enamorados, se abandonó al disfrute de ese momento en el que todavía no pasa nada, pero se sabe que algo sucederá. Feliz de caminar junto a aquel cuerpo ágil y bronceado, llegó al pequeño hotel en el que Suren se hospedaba, guiada simplemente por el deseo de ser acariciada por esa voz y por esas manos: Eva quería convertirse en una figura tallada en madera para ser tocada por las manos de Suren.

Pero las manos de él fueron lo último que tocaron el cuerpo de Eva aquella tarde. Antes, Suren la fue acariciando con diversos objetos de su pertenencia, uno a uno recorrieron su piel y su cabello buscando que ella descubriera el Gyana Vriti, el conocimiento de los objetos le dijo él, y efectivamente sin saber cómo, Eva fue percibiendo con su piel el brillo y la energía de los objetos que Suren pasaba por todo su cuerpo. Cada uno lograba caricias insinuadas que paulatinamente la fueron excitando de una manera desconocida hasta entonces. Primero fue el pequeño pichón tallado en ébano, cuya obscura calidez y suavidad de pulido se acomodaba muy bien a las partes curvas de ella, de hecho sus oquedades parecían recibir con gusto y placer al animalito. Después él le enseñó a disfrutar del cambio de temperatura de la madera al entrar en contacto con su piel: en la nuca lo sentía fresco y al bajar lentamente por su espalda adquiría el calor de ella, pero al llegar a los muslos, Suren volteaba el trozo de madera y entonces el frescor del animalito hacia ruborizar todo su cuerpo.

Eva se desnudó y se sentó en una silla de madera frente a su escritorio y sintió la cobija de lana en sus pies. Eva sintió mi mirada y le invadió tal felicidad que decidió poner música, quería disfrutar de todos sus sentidos y ver el mundo y a todos los demás desde una absoluta distancia; quería crear otro mundo, uno a su gusto, uno a imagen y semejanza de este momento. Al compás de la música deslizó sus pies sobre las esteras y las cobijas en el piso de madera; a ratos se quedaba quieta percibiendo cada milímetro de fibra bajo los pies, después se movía y sentía la frescura de la madera y el tejido de palma, luego, de nuevo la tibia huella del paso anterior. La melancolía y la dilatación del tiempo que evocaba la voz de Lucia di Lammermoor desde el tocadiscos, le trajeron las manos de Suren deteniéndose en cada vano y en cada surco de su cuerpo. Eva había descubierto así que para que alguien la poseyera por entero, necesitaba demostrar que no quería poseerla sino solamente tomar lo que ella quisiera dar.

De nuevo dejó que los objetos que la rodeaban tocaran su cuerpo: la helada superficie de un espejo hizo reaccionar sus pezones y le devolvió la imagen de su turgencia; una oscura pluma de gaviota encontrada en la playa de Saint-Michel, le hizo cosquillas en los muslos y el vientre como si fuera el cabello de Suren y una ocarina indígena de barro absorbió su saliva, dejando en sus labios y lengua el sabor a tierra mojada. Ungió un poco de miel en sus pezones y los tiñó de dulce oscuridad, frente al espejo vio su ombligo -que parecía un cáliz en miniatura- y sintió el deseo de llenarlo con almíbar de durazno. Cuando se lo propuso a Suren, éste lo llenó repetidas veces y otras tantas vació el pequeño cáliz con la lengua y los labios. En medio del travieso recuerdo surgió la cara que su marido había puesto cuando le insinuó la misma idea, él se rió de ella y terminó diciendo que las sábanas quedarían pegajosas para toda la noche si realizaban tan disparatada idea.

Reconocí su cuerpo y la reconciliación consigo misma, con sus sueños, sus otros yo y su nueva vida. La ví cuando se acostó desnuda sobre un petate y se cubrió con una gruesa manta, resistí la tentación de hacerle compañía porque era más grande mi placer al ver como el leve escozor tan parecido a las caricias insinuadas, la llevó a la difusa frontera entre los recuerdos y los sueños: las imágenes fluían una tras otra en libre asociación. El aroma del incienso la transportó al universo de movimientos y formas del humo observadas a contraluz, como las de un sol de invierno a través de la ventana que miraba hacia París. Una ventana por la que tantas veces pensó alguna vez escapar. Una ventana como la del hotel Saint Honoré por la que había escapado gracias a Suren. Una ventana como la del Registro Civil de Coyoacan, en la que esa tarde había visto a las aves tomar por asalto la plaza y luego levantar el vuelo. Una ventana de melancolía en la que veía su propia imagen en la vidriera.

Eva volvió a París tiempo después, el primer día de su estancia, sin pensarlo mucho, se dirigió a la Isla de St Louis para buscar su banca, pero ya no la encontró. La tristeza y el enojo que sintió en el primer momento, dieron paso a la resignación de no volver a ver y tocar aquel viejo pedazo de madera lleno de recuerdos, promesas y evocaciones, huellas talladas con la memoria y las apasionadas navajas de tanta gente de todas partes. Decidió brindar y dedicar su recuerdo al ciudadano del mundo que seguramente tendría con orgullo y en su casa aquellos pedazos de madera. Eva no la volvería a ver ni a tocar, al igual que no volvería a su antigua vida, ni tampoco los momentos de placer que conociera con Suren Bose y sus caricias en la banca...

-¡Ah no, eso sí que no!, eso para nada- se dijo a sí misma. En su escala amorosa, las caricias de un hombre solamente podían ser un arte o no serían ya nada.

Y vaya que a partir de aquel entonces Eva supo disfrutar el arte de las caricias en su cuerpo. Quizás aprendió algo de mí: para que alguien te posea por entero, sólo necesita mostrar que no quiere poseerte, sino solamente tomar lo que tu le das. ¿Qué quien soy yo para afirmar tal cosa?. Me llamo Kazu y soy un experto en mimos y galanteos, soy un gato que además de disfrutar de los cariños y poseer el cuerpo de Eva con el olfato y la mirada, gozo de enredarme en sus piernas, lamer sus muslos y estar presente cada vez que ella examina a un hombre con sus caricias!. ©

Nota:

Este es el 4º relato del libro "La Despedida" que he venido subiendo al blog Ojalá les haya gustado...- para que me den ganas de subir los otros! Los comentarios ayudan...

sábado, 25 de junio de 2011

La Despedida ©

- No, no te necesitamos! - Casi al unísono y aguantándose la risa se lo dijeron. Después, amablemente, como jugando pero con firmeza, lo empujaron fuera de la recámara y cerraron la puerta. El observó cómo el entorno de luz en el umbral desaparecía al ser apagada, mientras risas de travesura infantil eran sofocadas por las cobijas. Se dirigió a su dormitorio por el pasillo en penumbra. La duela rechinó con cada uno de sus pasos mientras los cuadros y los adornos le hacían guiños entre las sombras y la pared.

Ya acostado, con las manos entre la cabeza y la almohada, vio que las estrellas brillaban en el techo formando sus tres constelaciones favoritas y entonces se preguntó a sí mismo: “¿Cómo llegó a sucederme esto?”. No pasó mucho rato para que sus pensamientos fueran interrumpidos por los conocidos jadeos de placer de Alexa.

Alexa y él se habían conocido muy jóvenes, cada uno había encontrado en otra persona su pareja, pero un algo desconocido que sintieron como ausencia del otro, los reunió a los dos por su cuenta: un poco por accidente de las circunstancias, otro tanto porque lo deseaban y calladamente lo buscaron. Durante una Navidad en la que sus parejas salieron de viaje con sus respectivas familias, ellos decidieron pasar una tarde juntos como amigos, una tarde que se convirtió en toda la noche. Al otro día, un tibio instinto de culpabilidad terminó en apasionado abrazo amoroso bajo la mesa donde desayunaban.

La emoción de las primeras semanas de enamoramiento les hizo escaparse cuantas veces pudieron para estar juntos. La emoción no se agotó y más bien dio paso, con los meses, a un pacto tácito que no afectó a sus parejas. Cuando tiempo después ambos se casaron, asistieron a sus respectivas bodas y sinceramente se desearon felicidad, pero no por eso dejaron de verse. Largas charlas entre los dos desnudos en la cama, les confirmó que ni amaban menos a sus cónyuges ni les desagradaba andar ellos como novios.

Fue dos años después, mientras él buscaba departamento para trasladar su estudio, cuando encontró un curioso anuncio que decía "Se renta bonito departamento pequeño a matrimonio joven y agradable". Lo platicó con Alexa y decidieron rentarlo. Disfrutaron y se divirtieron mucho al actuar como un matrimonio de profesionales que viajaban constantemente y que podían llegar lo mismo juntos o separados. Así fue el trato entre ellos y la imagen para el casero. Lo pagaban entre los dos y lo podían ocupar para lo que quisieran, en primer lugar para escaparse de sus rutinas y para poder verse con tranquilidad, pero también y sobre todo, para estar solos. Poco a poco, sin planearlo mucho, fueron creando un espacio propio y secreto, algo que era solamente de ellos dos y, al mismo tiempo, de cada uno.

Así transcurrieron cuatro años, se veían sin ninguna regularidad y sin obligaciones de ninguna parte. Alguna vez que pasaron varios meses sin verse estuvieron a punto de dejar el departamento, pero sin ponerse de acuerdo, coincidieron el día en que pensaban sacar sus cosas y terminaron haciendo el amor en forma tan vehemente y apasionada que inmediatamente después renovaron el contrato.

El paso del tiempo y la confianza como amigos les hizo compartir los altibajos del matrimonio de ella: una larga separación de su marido, una aventura de varios meses con un pretendiente, un intento de reconciliación con su marido y la separación final. De él, festejaron la coordinación de un suplemento cultural y la publicación de un libro de cuentos, así como dos separaciones y su nueva soltería. En alguna ocasión tuvieron un nuevo barrunto de despedida, pero ésta se derrumbó con la cadencia de la acertada selección de música de jazz que hicieron ambos, como fondo, sus mutuos deseos dichos en voz alta, acerca de qué ropa irse quitando y cómo. La meta era mostrar poco a poco todo el cuerpo de Alexa a la incansable mirada de él y el murmullo de ella que en tono de reclamo le decía: Mira cómo me pone de mojada tu mirada cabrón!. Las estrellas titilantes en el techo se asociaron para siempre en el recuerdo de ella al desvestirse y dejar al descubierto sus piernas y su cuerpo enfundados en lencería blanca, encajes y calados que hacían más largo el tiempo. Así las caricias se convirteron en premura y ansia de continuar juntos a la distancia.

El silencio de la noche fue roto por un trajin en la cocina, el cuchicheo de Montserrat le recordó su pasión por las golosinas después de hacer el amor. Voces apagadas llegaron por el pasillo y las risas parecieron sellar la puerta de la otra recámara al cerrarse de nuevo. Se acordó de la primera vez que las presentó. Alexa, con su cabello rizado y húmedo por el baño, vestía una falda sastre entallando su delgado cuerpo y medias negras acariciando sus largas y torneadas piernas. Aquel día ella salía apresurada hacia el trabajo cuando en el vestíbulo se topó con Montse que emergió de la cocina envuelta en bata de baño y con un pastelillo en la mano. Las dos mujeres eran altas y delgadas y tenían una hermosa piel morena clara; Alexa, al reir, mostraba unos hoyuelos en las mejillas, era más llenita de caderas y piernas, y sus pechos eran redondos como fruto maduro. Montse tenía unos ojos hermosos de mirada brillante, una risa contagiosa, labios carnosos que invitaban a morderlos y torneadas piernas para escalarlas como las columnas de un recóndito templo de oscuros placeres. Se saludaron con un beso en la mejilla y una rápida mirada mutua mostró que habían simpatizado.

Después de todos esos años, Montse fue la primera persona –aparte de ellos- que se quedó en el departamento. Al principio, cuando decidieron rentarlo, el pacto había dejado abierta la posibilidad para que cualquiera de los dos llevara algún acompañante ocasional, pero sin proponérselo habían logrado la fidelidad. Como le gustaba bromear a él, solamente "se eran infieles con sus cónyuges". Ahora, él le pidió a Alexa permitir que se refugiara una amiga recién separada.

Montserrat era diez años más joven que ellos. Casada a los veinte, tras cinco años de matrimonio había descubierto no sólo el error de juventud, sino sobre todo la inmadurez de su esposo a quien había conocido como pasante en la Universidad. En contraste, el compañero de trabajo, con quien había encontrado afinidades intelectuales y descubierto placeres ocultos, le había hecho asumir su propia cachondez -como gustaba él de describir el erotismo de Montse- y era el único a quien podía recurrir en aquel momento de acelere en el que decidió tomar su ropa y dejar la casa matrimonial.

Alexa no se opuso y solidariamente, tras de escuchar la historia, dio su visto bueno para que ocupara la pequeña habitación pensada como costurero. En unas cuantas semanas, Montse cubrió con nueva luz aquel espacio, habitante única y cotidiana llenó el silencio y la soledad reservada a los "novios casados con otro" como bautizó a sus anfitriones, respetando sus gustos y los objetos que habían llevado ahí a lo largo del tiempo. Con pequeños guiños, Montse fue impregnando de su perfume el departamento y terminó integrándose como a una pequeña familia. Todo caminó bien hasta que ella y Alexa coincidieron una fría tarde de invierno y decidieron, al calor de una botella de vino tinto, platicarse extensamente sus secretos y terminar planeando una fiesta sorpresa para él, una fiesta para su cumpleaños que sería unos cuantos días después.

La fría noche de enero en la que hicieron la fiesta, quien lo recibió en la puerta fue Montserrat. Vestía una entallada y corta falda negra que dejaba ver sus largos muslos morenos, la había combinado con una blusa azul eléctrico de tela satinada que al abrazarla, permitía sentir la tersura de su piel y las orillas de su sostén como suplicio de Tántalo. Cuando minutos después se escuchó la llave que abría la puerta, los ojos de Montse de niña traviesa destellaron, Alexa saludó con un hola juguetón mientras depositaba sobre la mesa los paquetes con las viandas ya preparadas. Al quitarse la gabardina, él se sintió indefenso y se paralizó su mirada con el minivestido rojo que resaltaba las deliciosas y sinuosas formas de Alexa. Alcanzó a captar una cómplice mirada entre ellas, pero sin imaginar de lo que son capaces dos mujeres cuando se trataba de despertar el deseo de un hombre para perturbarlo. Al igual que lo había hecho en los momentos en que su vida se había cruzado con la de ellas, lo único que se le ocurrió fue seguir el consejo de don Juan: tirarse de cabeza, lleno de miedo y con absoluta confianza.

Bailó por turnos con una y otra, después, abrazados los tres enmedio de la euforia, ellas se alternaron para festejarlo, poniendo su música favorita y luego sonsacando sus deseos más recónditos entre el vino, las bromas y las caricias. En algún momento de la deliciosa noche Montserrat comenzó a desvestirse y poco después se le unió Alexa; lo último que le preguntaron con risas de niñas inocentes fue qué quería de regalo especial. En la madrugada, en la penumbra del dormitorio -no se acordaba cuál- entre los humos y vapores del incienso, el tabaco y el alcohol, con la voz de Edith Piaf que cantaba en la sala, y desde un rincón en el que deseaba pasar desapercibido, observó el cuadro más exquisito y bello al que puede acceder la mirada de un hombre: Alexa y Montserrat, Monse y Alejandra, no sabía quien era cada quien, porque aquellas caricias y besos eran una mezcla de ternura y placer entre leves jadeos y suspiros. La piel de ambas se llenó de sombras y brillos húmedos, los pliegues de sus cuerpos eran tocados con manos, cuerpos, bocas y miradas. La humedad que él sintió en los ojos fue como un mínimo pago por acceder a un conocimiento vedado a los hombres: el del absoluto placer femenino. Después, desnudas en todo momento, tras haber recorrido toda la gama de las delicias que se pueden proporcionar dos mujeres, vinieron por él y lo arroparon en la cama para retozar con su cuerpo mientras la luz del día comenzaba a asomar por la ventana. Fue el crepúsculo más bello que recordaba.

A partir de aquel día la vida interna en el departamento comenzó a cambiar. Primero poco a poco y después en forma patente dejó de ser invitado a mirar, y cada vez más noches fueron compartidas en la cama solamente por ellas dos. Amables con él, lo recibían contentas para tratarlo casi como el niño consentido de la casa, pero también muy claramente sentía que las dos mujeres ponían un tácito límite a su relación y a partir de ahí, ya no le era posible a él acceder por ningún motivo. Había sido expulsado del paraíso.

De nuevo el crujido de la duela en el pasillo interrumpió sus pensamientos, escuchó los pasos de ambas mujeres dirigiéndose a su dormitorio, entraron y sin más se le metieron en la cama y comenzaron a acariciarlo. Sabía que no tenía defensa ninguna ante los hechizos combinados de Montse y Alexa. Agotado y felíz, en algún momento de la madrugada se quedó dormido como un tronco para ser despertado hasta el mediodía por el ominoso silencio del depa. Medio dormido volteó al buró en busca de la hora y entonces se topó con el destino en un pedazo de papel y un mensaje, el pecho le dio un salto cuando comenzó a leer:

Corazón:

Nos has dado hermosos momentos en la vida y te lo agradecemos, pero lo más bello que nos pudiste dar fue el habernos juntado. Comparado con la patanería de la mayoría de los hombres te mereces un lugar en el cielo, nos ha costado trabajo prescindir de tus manos pero sobre todo de tu mirada. Lástima que seas hombre, se equivocaron contígo, merecías haber sido mujer.

Si alguna vez nos necesitas tú sabes que nos encontrarás, si quieres quedarte con el depa estás en libertad de hacer lo que quieras, te dejamos las llaves y un mes de renta para que no te compliques la vida. Te deseamos lo mejor y que no guardes rencor sino un hermoso recuerdo de tus dos novias. Como seguramente sucumbirás a tu vicio y escribirás sobre nosotras, ahí veremos cómo nos guardas en tu memoria.

Con todo y mucho amor. Alexa y Montse, clavo y canela para hacer tu eugenol. ©

COMENTARIO BIBLIOGRAFICO

Más a la sombra de un famoso y ahora obsoleto libro titulado “El Nuevo Desorden Amoroso”, en realidad este relato podría titularse “El amor antes de Twitter”; si se escribiera hoy, los personajes probablemente se la pasarían tuiteando entre ellos en lugar de hacer el amor… #dicen

El texto es parte de un libro de cuentos sobre mujeres editado hace unos años en forma privada. Relatos que dieron pie a este blog en su inicio con la idea de publicarlos; pero twitter llevó el blog por otros rumbos y solamente otros dos relatos han visto la luz en él. (Moronita: http://bit.ly/cnC3u1 Chambas: http://bit.ly/btHs84 )

martes, 14 de junio de 2011

Reforma Política YA!

The Twitter Times: A la Primavera seguirá el Verano

Un “Viento de cambio” recorre el planeta. Lo que sucede en los países árabes y se extiende a Europa es apenas el comienzo. No soy el único que lo interpreta así, y por eso es de interés conocer este texto de Federico Mayor Zaragoza: Presidente de la Fundación Cultura de Paz y ex Director General de la UNESCO.

Ese viento parece que en México toma el rostro de #ReformaPoliticaYA. Pero atrapados en la deprimente situación donde los políticos #TodosestanReprobados, hay que ver esa fotografía y no permitir que los carroñeros de la causa social usurpen a los ciudadanos. Hay que sumarse a la demanda: #ReformaPolíticaYA

Lo dijo un ciudadano italiano hace unos días durante el plebiscito: "No se trata de izquierdas ni de derechas, sino de que los ciudadanos podamos participar en los asuntos importantes"

Primavera de la democracia a escala mundial Federico Mayor Zaragoza

Por fin los pueblos toman en sus manos las riendas del destino común. La “marea virtual” sigue su marcha: Irán, China... Túnez, Egipto, Libia, Yemen, Siria... Italia, Reino Unido, Islandia... Desde España se extiende ya, voz alta, firme y clara a todo el mundo. “No somos anti-sistema. El sistema es anti-nosotros”.

Es inaceptable seguir siendo simples espectadores, testigos impasibles de lo que sucede. Es tiempo de acción, de disentimientos y asentimientos, de protestas y propuestas. Propuestas, sobre todo, porque son muchos los entuertos que deben enderezarse.

Ya era hora de que “los pueblos”, a los que hace referencia el primer párrafo de la Carta de las Naciones Unidas, pudieran expresarse libremente, serenamente. “Si no nos dejan soñar... no les dejaremos dormir”, han advertido los miles de ciudadanos concentrados en la Puerta del Sol madrileña y, rápidamente, en otras ciudades de España y del mundo. “Puede que Europa comience en la Puerta del Sol”. Puede que vaya mucho más allá de Europa, en el ilimitado ciberespacio, a escala planetaria. Es tiempo de dormir lo justo, de descansar lo indispensable. “Tiempo de alzarse”, como nos recomendó José Ángel Valente. El resultado final de la “globalización” ha sido, en cifras de balance, catastrófico: una economía de especulación y de guerra (4.000 millones de dólares al día, al tiempo que mueren de hambre más de 60.000 personas). Los desgarros sociales, el desamparo y las asimetrías de toda índole no han podido ser contrarrestadas en el amplio foro de las Naciones Unidas porque tuvieron buen cuidado, desde la década de los 80, de marginarlas y sustituirlas por grupos de los países más ricos de la Tierra. La crisis sistémica requiere respuestas audaces. Me gusta repetir, con Amin Maalouf, que “una situación sin precedentes necesita soluciones sin precedentes”. El 15-M no habrá incidido en el voto ya “pre-determinado”, pero lo hará en las elecciones generales, porque todos los representantes del Sr. mercado, de la especulación, de los opacos y de los insolidarios no recibirán ya el apoyo ciudadano. Los “realistas” -que nunca han cambiado nada porque aceptan la realidad- se empeñan en decir que democracia “real” es la que hay... sin pensar en que, para muchos, “real” significa verdadera, auténtica, genuina, la que debería haber, la que, en cualquier caso, habrá a partir de ahora porque, como era previsible, la participación no presencial permitirá la escucha permanente de la voz del pueblo. Una evolución activa, permanente, en la que se cambia lo que debe cambiarse y se conserva lo que debe conservarse, es la mejor solución. Es la que practica la Madre naturaleza. Me ha impresionado la elaboración de propuestas y la firme convicción de seguir solicitando iniciativas a todos los que deseen unirse a este gran movimiento. Es fundamental continuar el 15-M en una expansión radial, que se extienda a barrios, ciudades, regiones, países... al mundo en su conjunto gracias a las tecnologías de la información y la comunicación. La “marea virtual” será el principio y el camino del otro mundo posible que anhelamos.

Rafael Guillén, en Los alrededores del tiempo, ha escrito: “Ser hombre es resistirse. / Ser hombre es cometer, conscientemente, / un pecado de lesa desmesura”. Josep María Antentas y Esther Vivas han escrito: “para luchar no sólo se requiere malestar e indignación; también hay que creer en la utilidad de la acción colectiva”. Con propuestas concretas sobre los mercados, sobre la energía, sobre los medios de comunicación, sobre la re-localización productiva, sobre el desarme, sobre fuentes alternativas de financiación. Y millones de internautas sugiriendo, apoyando, construyendo la nueva democracia. Muchos “imposibles” hoy serán realidad mañana, en democracias que sean realmente la expresión de la voz constante de los ciudadanos y no sólo la de la obediencia partidista, de la emoción reactiva, del desengaño, de medios escritos y audiovisuales que sólo transmiten la voz de su amo. Los representantes actuales han sido elegidos en medio de una desinformación generalizada, habiéndose dicho que las urnas podrían sustituir a la justicia y que ciertas alternativas (nunca mostradas) podrían ser solución a los grandes problemas del paro y de la economía. Pero nada de hondo calado se ha propuesto contra la desregulación de los flujos financieros; ni de la especulación propiciada por las agencias de calificación; ni de la desaparición de los paraísos fiscales; ni de la insolidaridad de la economía sumergida; ni de la deslocalización productiva; ni de la economía de guerra; ni de la lucha urgente contra la pobreza y el hambre; ni de la gobernación mundial por los países más prósperos que, como últimos asideros de la globalización, siguen fracasando a costa de gravísimos “efectos colaterales”; ni de las energías renovables y el cambio climático; ni de un replanteamiento total de la lucha contra el narcotráfico; ni... Estas manos serán las armas invencibles con las que se llevará a la práctica resueltamente, pacíficamente, la construcción del porvenir que merece la condición humana. Será el nuevo comienzo.

Federico Mayor Z. Fue Subsecretario de Educación y Ciencia del gobierno español 1974-1975, diputado en el Parlamento de España (1977-1978), Ministro de Educación y Ciencia (1981-1982) y diputado en el Parlamento Europeo (1987). En 1987, la 24ª Conferencia General de la UNESCO lo eligió como Director General, cargo en el que permaneció hasta 1999. Desde el año 2000 preside la Fundación para una Cultura de Paz. En 2005 ha sido designado Co-Presidente del Grupo de Alto Nivel para la Alianza de Civilizaciones, por el el Secretario General de las Naciones Unidas. Art en Wikipedia de FMZ http://bit.ly/mrWmif

Un buen resumen de lo que trata la acampada en México: //

miércoles, 8 de junio de 2011

DE ANIMALES (MUJERES) Y BEBIDAS (FALOCANINAS) FAVORITAS

The Twitter Times: The Power of the Dog

La detención de un conocido junior de la familia revolucionaria, cuyos gustos dan título a esta entrada, de tiempo atrás envuelto en el escándalo y con un largo historial que llevó a los Estados Unidos a prohibirle la entrada a su territorio, coloca de nuevo el tema de los nexos del régimen de la revolución mexicana con el crimen organizado.

El pasado mes de mayo se cumplió un aniversario más de la muerte del Cardenal Posadas en el aeropuerto de Guadalajara ¿Qué contenía el maletín desaparecido de su auto ese día? ¿Qué interés habría en su contenido? ¿O eran variados intereses en torno a ese maletín? Casi 20 años después, quizás ya se podría contabilizar esa muerte como el inicio de la llamada guerra contra las drogas. O para ser más exactos: la guerra entre los diferentes grupos dedicados al tráfico de estupefacientes.

En una sociedad poco dada a leer el cuerpo de la nota y acostumbrada a quedarse con las llamativas cabezas de la prensa fuera de contexto, la imagen que queda es México se hundió. Los acuerdos para unn tratamiento “adecuado” servirán para el acto oficial pero de muy poco para que en sus páginas se refleje lo que sucede verdaderamente más arriba de las matazones y daños colaterales.

¿CUÁNDO SE ROMPIÓ EL PAÍS?

Por eso llama más la atención que sea una novela The Power of the Dog, de donde surja una pintura magistral de la guerra contra las drogas. Don Winslow, el autor, es un investigador privado que se mueve entre Londres y Nueva York, y también consultor de despachos legales y compañías aseguradoras desde hace más de quince años. Sin embargo su novela –por cierto no la única- pareciera escrita por un periodista de investigación y/o por un novelista con fuentes de información privilegiada. El resultado en todo caso es maravilloso y muy recomendable.

Mientras la leía hace un año, al paso de los días, mi lectura adquirió un telón de fondo muy realista con lo que sucedía en el país; al mismo tiempo, se comenzó a formar un túnel del tiempo que unía y explicaba la historia de México en los últimos 25 años. ¿Cuando se rompió el país? Y la lectura de la novela ofrece una respuesta que lleva a los hechos y acontecimientos conocidos en su tiempo: Quizás pareció descomponerse el país en los años ochenta con el “descubrimiento” del rancho “El Búfalo”, con la tortura y muerte del agente de la DEA Enrique Camarena y la rocambolesca huída del capo con una niña bien, sobrina del Gobernador de Jalisco.

Pero no se quiso ver la extensión de la hidra y hasta se festejó el ofrecimiento del capo para pagar la deuda externa: Tanta simpatía generó, que mejor se le cerró el acceso a los medios. Años después, el caso ya olvidado, la extensión de la guerra contra el narcotráfico apenas y nos recuerda su existencia, por lo que de nuevo la novela pregunta en torno al tiroteo en Guadalajara: ¿Que contenía el maletín del Cardenal?

El narcotráfico, como lo han documentado varios investigadores del CIDE, ha estado vinculado al régimen de la revolución desde sus orígenes, tejiendo una poderosa red de intereses comunes y de poderes regionales y que como lo muestra Winslow, en los años noventa revelaría que los límites entre ellos era una frontera demasiado difusa y parte ya del nuevo orden mundial de la globalidad. De ahí que el salto de los barones de la droga al ranking mundial de Fortune fuera simple cuestión de tiempo, no se diga la ostentación de su mal gusto, como lo comprueban los finos placeres del junior detenido.

BUCHONES OCELOTES Y GUERRILLAS

El desfile de personajes conocidos por las páginas de la novela parece interminable, algunos cambios de nombre pero la referencia es clara: Los gomeros de Sinaloa y la operación Cóndor; la “federación” de capos y los policías protectores; la Federal de Seguridad, el Irangate y el tráfico de armas para la Contra; la narcopolítica y los asesinatos de cardenistas, cardenales y candidatos; los reacomodos entre pandillas y la ferocidad de sus venganzas, la realpolitik de Estados Unidos para América Latina y sus oscuros vínculos con las FARC y el EZLN, lo mismo que con sicarios y grupos de autodefensa.

Pero la novela no se pierde en la exposición de multitud de datos, por el contrario, los despliega a través de una trama muy bien armada y con personajes bien construidos. No se diga las escenas del Narco stile-life y sus resortes sociales que son de antología, junto a la hipócrita guerra contra las drogas. Un escenario con muchas coartadas morales pero escasas posibilidades para la ética. Y para evitar el maniqueísmo al que es tan dada la cultura el thriller estadounidense, aquí el personaje central Art, es un agente con un pie en los mundos a ambos lados de la frontera y que no es aceptado en ninguno, en ese desarraigo nace el conflicto que lo acompaña en toda la novela.

Si bien se cuestiona seriamente la guerra declarada al poder del narco por el gobierno, esta crítica, proveniente tanto de analistas como de periodistas y sobre todo de partidos opuestos al gobierno, hay que enmarcarla como parte no de una preocupación por el buen gobierno, sino más bien como elemento de asedio al Estado, considerado como obligación por la ideología de muchos de esos críticos: de ahí el demagógico "Yabastadesangre" exigido al gobierno y no a quienes lo desataron. En el camino, incluso se termina por callar la presencia y los mecanismos del narco, no se diga el olvido de la complejidad del problema: pero todo se vale en aras de apuntar con feroz vehemencia los yerros del gobierno y del ejército. ¿Por qué el silencio sobre el verdadero rostro del narco? Un rostro que asoma por todos lados: en la mercancía robada y vendida en el comercio ambulante, en la pitatería del Metro (clientela política de partidos) y en el consumo en todos los niveles de la sociedad.

El primer dato que debería de recordarse es que además de ser una violencia relacionada con el narcotráfico, buena parte de esos miles de muertes son de sus sicarios. Sí, efectivamente, también hay civiles que por accidente quedaron entre el fuego cruzado: pero no es ésta la violencia política propia de una guerra civil. Más que un simple matiz y un dato para tener en cuenta... aunque no necesariamente más tranquilizador. Ese “matiz” es lo que plasma en sus páginas The Power of the Dog para recordarnos una vez más, que desde la literatura se hace historia y que conocer ésta es indispensable para la política, por lo menos para la política que desea y a la que aspira el ciudadano. Buena parte de esta historia es la que se perdió en ese maletín en el aeropuerto de Guadalajara. Casi nada.

______________ The Power of the Dog Winslow, Don / Ed. Vintage Crime 2006 USA Ya existe una traducción al castellano, si está hecha en España o Argentina es decisión suya correr el riesgo.

La guerra contra las drogas es un fracaso a nivel mundial Urge replanear el asunto: http://bit.ly/jZZfCG

Legalizar las drogas aliviaría dolores callados: http://bit.ly/kWUZyW

Oportunidad ciudadana de poner Fin a guerra vs drogas http://bit.ly/jX6JIB Si te parece apoya!