lunes, 12 de abril de 2010

Moronita

Una fresca carcajada fue la respuesta de mi madre, tan inocente y sincera, que me desarmó y no supe o no quise entender cuál era su respuesta a mi reclamo. También era una risa que a una hija como yo, parecía indigna y al mismo tiempo contagiosa de alegría, pa' pronto, era una risa de poca madre. Llevaba ya una semana en Houston; mi madre no sólo me había alojado en su pequeño departamento, sino que también me había paseado por la gigantesca ciudad. Incluso se dio el lujo de comprarme ropa en un Mall y regalarme unos tubos eléctricos con graduación para tres temperaturas, con su espejo para maquillarse y con luz de noche y de día. Durante esa semana, casi olvidé a qué iba y que esta mujer alegre y rejuvenecida era mi madre. Era totalmente diferente a la mujer a la que nadie en la familia le creyó cuando empacó algo de ropa y compró un boleto de Grayhound, incluso mi padre pensó que era una excelente broma. Todavía al transcurrir un mes y recibir una tarjeta postal informando que estaba bien, toda la familia pensó que mamá se merecía esas vacaciones. Sólo medio año después, cuando papá comenzó a marchitarse y la casa se caía a pedazos, los hermanos más grandes nos preocupamos. Ahora pienso que ninguno entendía realmente el significado de la actitud de mamá. A los hijos de mayor edad, ocupados en nuestras vidas y problemas, quizá nos era más fácil olvidar la ausencia materna, sin embargo esto ya no fue posible cuando, transcurrido un año, los hermanos más pequeños y papá zozobraban en el caos en que se había transformado la casa familiar. Entre la libertad de movimiento que me daba la Universidad y el privilegio de ser la hija mayor, me convertí en la emisaria de la familia. Una junta de hermanos, algunos días libres y sobre todo ver a mi padre todo lloroso y abandonado, me pusieron en el aeropuerto rumbo a Texas, con el suficiente dinero para dos boletos de regreso y, por si las dudas, una postal con la dirección de mi mamá. Desde que la vi en el aeropuerto comencé a sentir que todo era diferente: me recibía una mujer rejuvenecida y que parecía gozar de excelente salud. Tras la bienvenida, los abrazos y las preguntas por la familia, me condujo al estacionamiento para mostrarme que, además de comprar un viejo pero todavía funcional Dodge 75 de estridente color al que llamaba cariñosamente el very blue, se había atrevido a aprender a conducir. A lo largo de aquella maraña de entradas, puentes y señales, comenzó a explicarme su nueva vida: vivía en un departamento sola, lo había amueblado con ofertas de tiendas y "regalos" de los contenedores de basura, el mismo very blue era un regalo. -Estos gringos tiran hasta el alma, hija mía... y la mayor parte en muy buen estado... excepto el alma - y soltó una risa franca y juguetona. Al verla gozar al volante y reírse por perder la salida correcta en un free-way, me vino a la cabeza la imagen de papá, triste, desconsolado, hablando por larga distancia, rogando a mi madre que volviera, y sobre todo recordé aquella noche, cuando en una llamada de larga distancia comenzó a cantarle en la bocina: Muñequita linda, de cabellos de oro, de dientes de perla, labios de rubí... pidiéndole que se acordara de cuando eran jóvenes. Ante mi asombro y curiosidad, ya en su pequeño departamento -nada del otro mundo pero bastante aceptable-, con una gran sonrisa de satisfacción continuó contando todas sus peripecias. Había cruzado la frontera con pasaporte pero sin permiso para trabajar; en San Diego le dijeron que le convenía incursionar más hacia el Este, muy convencida se subió en un autobús Grayhound en donde conoció lo que ella misma denominó el "american zoo". Su apariencia maternal y poco mexicana la libró de los abordajes de la migra, así pensaba llegar a Miami creyendo quedar a salvo entre los cubanos, pero en Baton Rouge su poco inglés le hizo perder el autobús; para no dormir en la terminal, decidió tomar el más próximo a salir y éste la llevó de regreso a Houston, ahí, sin dinero para continuar el viaje, salió a probar suerte. Ayudada por una chivera, logró que la contrataran de lavaplatos por unos cuantos dólares la hora, y así sintió el placer de que le pagaran constante y sonante por lo que -decía riéndose- había hecho gratis toda su vida. Platicando se nos fue la tarde, después decidí tomar un baño, al salir me encontré con sábanas y cobijas limpias sobre el sofá - Ahí dormirás- me dijo desde la cocina, en donde yo creí que preparaba la cena, pero no había tal, porque en ese momento salió con un tintineante vaso que no parecía precisamente de limonada para decirme ¿a dónde prefieres ir?, ¿comida china o italiana?. Salimos esa noche y las siguientes, y a través de aquellas cenas y comidas, una imagen volvía una y otra vez a mi memoria: mamá cocinando para media docena de personas, sentándose al último y atendiendo a todo mundo. Ahora, yo veía a una desconocida que con mucha seguridad y en inglés, lo mismo escogía en un self-service que ordenaba en un restaurante italiano; pero sobre todo, nunca la había visto tan sonriente ni de tan buen humor. Al paso de los días me resistía a aceptar que mi madre había roto con la vida familiar para emprender nuevos caminos; precisamente ahora, cuando todo mundo creía que su existencia estaba realizada. Mientras ella partía a su trabajo, yo vagaba por los grandes almacenes comerciales y por las instalaciones del Centro Espacial; ahí, entre cápsulas, maquetas y fotografías de lo que conocía por la televisión, sentí una inmensa lejanía de la mamá de mi infancia, porque aquí en Houston, cada vez que yo volvía a su pequeño departamento, me parecía más una tierna, cariñosa y ocupada tía, que gentilmente atendía a una visita inesperada y quizás hasta un poco molesta. Así me sentí sobre todo el día en que me avisó que tenía una cita, pero que no me incomodara: yo también estaba invitada a cenar con Steve. El gringo aquel resultó bastante simpático y eso salvó la velada, la salvó para mí, porque ellos platicaron y se rieron largamente, mientras yo quedaba sorprendida por el fluido inglés de mi madre y espantada de la familiaridad con la que trataba al gigante rubio aquel, quien a pesar de estar ya entrado en años prodigaba amabilidad y coquetones juegos y piropos a mi madre. La semana voló entre mis excursiones, el trabajo de mamá -que para ese entonces ya era supervisora en una fábrica- y las cenas y visitas al cine juntas. Salvo el primer día en que riéndome le había avisado que venía por ella, y a lo que me había contestado también muy sonriente que estaba bien, no habíamos vuelto a tocar el punto. Asumí que siendo la hija predilecta no podía negarse a mi pedido, incluso pensé que podría estar ya cansada y que se disponía a levantar esa especie de castigo familiar y, sobre todo, confié en mi capacidad de convencimiento. Así que decidí confirmar dos boletos en el vuelo a México y con ellos en la mano, encaré por la tarde a mi madre cuando llegó de su trabajo. Le expliqué el caos de la casa, el desgarriate de los pequeños y la tristeza de papá. Analicé su soledad en el extranjero y la indefensión de su edad, muy segura de mis palabras y mostrándole el boleto de avión, creí ser contundente al pronosticar la ausencia de un futuro feliz lejos de su familia, le recordé que no tenía necesidad de trabajar y que en México vivía en forma bastante desahogada, que, si quería, podríamos contratar otra muchacha para que le ayudara. Sin perder la dulce y radiante sonrisa me explicó que no podía salir de Estados Unidos, su situación ilegal no le permitiría volver a entrar, pero se comprometía a sustituir la tarjeta postal con llamadas telefónicas. Incrédula, segura de no haber sido comprendida y ya medio enojada, muy seria y con firmeza traté de hacerle ver la indignidad en la que estaba cayendo, al olvidar su papel de madre y esposa. Fue entonces cuando me respondió con aquella carcajada. Y con el mismo tono dulce y paciente con que me hacía ver la estupidez de mis berrinches cuando era pequeña, me respondió: -Mira hija, he vivido dos vidas, una detrás de otra. En la primera fui hija, esposa y madre, me llamé señora de Salazar, ahora, soy sencillamente Pat, una mujer sin muchas obligaciones y con medios modestos pero suficientes para mí; la primera vida duró casi tu edad, treinta años, la segunda, el año que llevo fuera del hogar. No me siento sola y quiero saborear plenamente tanto mis años de esposa y madre, como los que me quedan de vida -y haciendo una corta pausa, con un rostro de felicidad infantil me dijo- Voy a consumir el pan de la vida, ¡hasta la última moronita..! En ese momento un hermoso y casi olvidado recuerdo llegó desde mi niñez. Era una pequeña complicidad establecida en las mañanas a solas con mi madre, la travesura de comer un pan dulce hasta el final y sin dejar nada, ni la última moronita. Quién sabe que cara pondría yo, pero la gravedad que tenía el momento, fue rota de nuevo por la pícara carcajada de mi madre para decirme: ¿de verdad creíste que volvería contigo? Han pasado ya varios años, la ruptura de mi madre con la familia ha marcado todo este tiempo. Poco a poco se fueron alargando sus comunicaciones hasta prácticamente desaparecer; a pesar de que en un primer momento la condené como casi todos, con la distancia del tiempo lo que predomina en mí ya no son los resentimientos o los juicios de condena sino el recuerdo de esa sonrisa de felicidad que le conocí en Houston. Una sonrisa que a veces también a mí me gustaría tener, si pudiera consumir la vida como ella, ¡hasta la última moronita!. _______________________________________ Este relato fue publicado originalmente hace varios años, es parte de un libro editado en forma privada con relatos sobre mujeres titulado La Despedida.

lunes, 5 de abril de 2010

Revolución Mexicana: ¿Mentira Centenaria?

Cuando Porfirio Díaz comenzó su larga permanencia en lel poder, México tenía poco más de 500 kilómetros de vías férreas; cuando se fue en el Ipiranga, dejó 18 mil kms. El régimen de la revolución a lo largo del siglo adicionó apenas unos pocos kilómetros, logrando su desaparición como transporte de pasajeros y su inopia como carguero, a golpes de ineficiencia administrativa y sindicalismo charro. ¿Porque la gente no lo sabe?

Muy sintomático que en el mes de marzo aparecieran en Twetter sendas hashtags con el PRI como tema, más aún que en ambas predominara el rechazo. La primera #FelizCumplePRI por el aniversario de su fundación, es un a antología de sus desmanes y demagogia; la segunda, con más premeditación chacoteo y genuina preocupación por su posible retorno, la originó el “tuitguerrillero” @Jan_Herzog: verdadero azote de los priístas por igual: lo mismo los de línea tricolor que los de linea solar.

Convencido de que efectivamente es necesario y urgente terminar de una vez por todas con el viejo régimen, me gustaría llamar la atención sobre un aspecto soslayado pero que pienso está en la base de todo el poder que el PRI ha ejercido sobre el país a lo largo del siglo XX: la llamada ideología de la Revolución Mexicana. Si bien desde los años sesenta se le ha extendido acta de defunción, su mito no se ha extirpado por completo básicamente gracias a lo que se enseña en las escuelas en esplendoroso blanco y negro: la revolución se hizo contra la dicatdura del gran villano y exiliado postmortem General Porfirio Díaz.

Un buen intento de analizar el Porfirismo -que no Porfiriato, dado el enorme consenso que generó en su tiempo-, se hizo en un programa se le dedicó en Discutamos México. Sin embargo, el formato tan estático a partir de los discursos de académicos y óleos “animados” (de hueva) no da para mucho. El tema merecería mucho más, sobre todo con un condictor de la talla de Krauze pero como en el panismo la comunicación no es uno de sus fuertes, simplemente rescato algunos puntos que ayudan a comprender el papel de villano asignado a Díaz.

La visión canónica sobre el problema de la tenencia de la tierra en la época de Díaz se la debemos a Molina Enriquez y todos han abrevado en ella: la idea central es que la hacienda creció a costa de la comunidad indígena (dejándose de lado su importancia como unidad de producción). Los estudios regionales han demostrado que no era así en todo el país y ni siquiera era algo predominante. Hasta entonces comprendí los relatos de mi bisabuelo que contaba de indios que querían privatizar las tierras para subirse al boom de la vainilla en Papantla a principios de siglo. No se diga recorrer las ruinas de aquellos centros de bonanza como Tlalpujahua, Apam o Casas Grandes.

La leyenda negra de Díaz se basa también en los conflictos con el movimiento obrero, Río Blanco y Cananea son un símbolo. Pero se olvida que el texto –también canónico-, México Bárbaro de Keneth Turner, no fue una investigación sino un reportaje de prensa patrocinado por las compañías petroleras (Standart Oil) en fiera competencia con los ingleses (El Aguila) principalmente Weetman Pearson, más conocido como “el contratista de Díaz”. Chequen su memoria, el libro de texto y la leyenda de Díaz como el gran villano y verán que nace en estos paradigmas.

Que no estuvo todo bien en la época de Díaz es cierto, pero los simples relatos de nuestros abuelos que hablaban de un México no tan malo a principios de siglo deberían cuestionar nuestras certezas al respecto; por no mencionar la estabilidad fianciera y el peso-dólar uno a uno No se diga cuando nos enteramos que actualmente Cananea esta en huelga desde hace meses, básicamente para defender a un líder charro quien heredó el sindicato de su padre, perseguido por la ley y escondido en Canadá. Menos cuando sabemos que no podemos viajar en ferrocarril por inexistente, pero sí hay un líder de ferrocarrileros que disfruta de dos pensiones de 80 mil pesos cada una. Por no mencionar el corrupto sindicalismo protegido por la demagogia del PRI, al cual pertenecen ambos líderes.

También abundan los estudios que demuestran que en el régimen porfirista había una intensa vida política de negociación a nivel regional. La autocracia centralista que se le cuelga a Díaz, en realidad es la que desplegó el PRI a lo largo de setenta años, sin olvidar sus vínculos con el narcotráfico desde los años treinta. Lo curioso es que a pesar de todas los indicios, ha predominado la imagen de Díaz como el gran villano y no en balde, la dictadura perfecta del PRI en varios aspectos queda muy por debajo del largo período de Díaz en el poder. Sin olvidar que la tan mentada justicia social es mucho mejor en varios países de América del Sur y sin sufrir revolución.

Por último, la impronta más grave de la historia oficial es el maniqueísmo que prevalece en toda la cultura. La contraparte del gran villano: se ha elevado como héroe a Villa, un bandido que espió y recibió fondos lo mismo de alemanes, que de Hollywood o el Departamento del Estado (F Katz). De ahí la costumbre de tomar partido por un narco, un encapuchado carismático o un pueblo de linchadotes, lo mismo que mitificar a un periodista o un diario si se le ve como parte del derrocamiento del Estado: se termina por justificar hasta lo injustificable en aras de dividir el mundo en buenos y malos. Esta herencia del régimen de la revolución es una actitud muy poco cívica y mucho menos ciudadana. Cuestionar esa imagen debería ser parte de la reflexión sobre el Bicentenario ya que el conocimiento de nuestra historia es un ejercicio indispensable del ciudadano.

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Para una crónica de viaje en el último ferrocarril mexicano de pasajeros se puede consultar el enlace en esta página "fotoviajante"

domingo, 28 de marzo de 2010

La Guerra contra las Drogas: Virtual pero Sanguinaria

¿Qué contenía el maletín del Cardenal Posadas Ocampo, desaparecido de su auto el día del tiroteo en el aeropuerto de Guadalajara? ¿Quiénes podrían estar interesados en su contenido? ¿Variados intereses podían coincidir en su interés por ese maletín? Y finalmente ¿Esa muerte se debería de contabilizar en la llamada guerra contra las drogas? Según un minucioso recuento que realiza el diario Milenio, este mes de marzo será el más violento, no solo del año sino de todo el sexenio. Una noticia así siempre impacta, doblemente en una sociedad poco dada a leer el cuerpo de la nota y acostumbrada a quedarse con las llamativas cabezas fuera de contexto: México se está hundiendo. ¿Pero cuál información se tiene ya no para criticar, sino por lo menos para acercarse al complejo problema del narcotráfico? Entre la prensa que se ha abandonado a los periodicazos y al tenor editorial de sus cabeceros on-line, o el escaso rigor aceptado pero montado en la fama editorial de revistas que colocan las fortunas del narco en la pasarela de los CEOs de la globalidad, hay muy poco de donde escoger. De los periodistas que manejan datos duros e información interesante destaca Jorge Fernández Menéndez, quien desde hace años sigue el tema. Entre los políticos, salvo por ahí un perredista que se atrevió a plantear la despenalización de la mariguana, el escenario está desierto. Por eso llama más la atención que sea una novela The Power of the Dog, de donde surja una pintura magistral de la guerra contra las drogas. Don Winslow, el autor, un investigador privado que se mueve entre Londres y Nueva York y otros lugares de Estados Unidos, es también consultor de despachos legales y compañías aseguradoras desde hace más de quince años. Sin embargo, su novela –por cierto no la única- pareciera escrita por un periodista de investigación y/o por un novelista con fuentes de información privilegiada. El resultado en todo caso es maravilloso y muy recomendable. A lo largo de este sangriento mes de marzo, traté con el twetter de dar vistazos de la novela como una invitación a leerla. Pero ese registro cotidiano de la trama en 140 caracteres, comenzó a avanzar al par que las páginas y portales noticiosos se cubrían de sangre a todo lo largo de la frontera del norte. Al paso de los días, mi lectura adquirió un telón de fondo muy realista con lo que sucedía en el país; al mismo tiempo, las páginas de la novela y el recuerdo personal, comenzaron a formar un túnel del tiempo que unía y explicaba la historia de México en los últimos 25 años. Tanto la memoria que registró el terremoto “Jenaro” como un parte aguas, como los años en la prensa que me permitieron atestiguar los procesos políticos culminantes del fin de siglo, una y otra vez llevan a la pregunta: ¿Cuando se rompió el país? Y la lectura de la novela me ofreció su respuesta llevándome a los hechos y acontecimientos conocidos en su tiempo: Quizás pareció descomponerse el país en los años ochenta con el “descubrimiento” del rancho “El Búfalo”, con la tortura y muerte del agente de la DEA Enrique Camarena y la rocambolesco huída del capo con una niña bien, sobrina del Gobernador. Pero no quisimos ver la extensión de la hidra y hasta festejamos el ofrecimiento del capo para pagar la deuda externa. Tanta simpatía generó que se cerrara su acceso a los medios. Años después, caso olvidado el narcotráfico en su existencia, el tiroteo en Guadalajara: ¿Que contenía el maletín del Cardenal? El narcotráfico, como lo han documentado varios investigadores del CIDE, ha estado vinculado al régimen de la revolución desde el principio y como lo muestra Winslow, en los noventa revelaría que los límites entre ellos era una frontera demasiado difusa y parte ya del nuevo orden mundial de la globalidad. De ahí que su salto al ranking mundial de Fortune fuera cuestión de tiempo. El desfile de personajes conocidos por las páginas de la novela parece interminable, algunos cambios de nombre pero la referencia es clara: Los gomeros de Sinaloa y la operación Cóndor; la “federación” de capos y los policías protectores; la Federal de Seguridad, el Irangate y el tráfico de armas para la Contra; la narcopolítica y los asesinatos de cardenistas, cardenales y candidatos; los reacomodos entre pandillas y la ferocidad de sus venganzas, la realpolitik de Estados Unidos para América Latina y sus oscuros vínculos con las FARC, el EZLN lo mismo que con sicarios y grupos de autodefensa. Pero la novela no se pierde en la exposición de multitud de datos, por el contrario, los despliega a través de una trama muy bien armada y con personajes bien construidos. No se diga las escenas del Narco stile-life y sus resortes sociales que son de antología junto a la hipócrita guerra contra las drogas. Un escenario con muchas coartadas morales pero escasas posibilidades para la ética. Y para evitar el maniqueísmo al que es tan dada la cultura el thriller estadounidense, aquí el personaje central Art, es un agente con un pie en los mundos a ambos lados de la frontera y que no es aceptado en ninguno, en ese desarraigo nace el conflicto que lo acompaña en toda la novela. Si bien se cuestiona seriamente la guerra declarada al poder del narco por el gobierno, esta crítica, proveniente tanto de analistas como de periodistas y sobre todo de partidos opuestos al gobierno, hay que enmarcarla como parte no de una preocupación por el buen gobierno, sino más bien como parte del asedio al Estado considerado como obligación por la ideología de muchos de esos críticos. En el camino, incluso se termina por callar la presencia y los mecanismos del narco, no se diga soslayar la complejidad del problema: todo se vale en aras de apuntar con feroz vehemencia los yerros del gobierno y del ejército. ¿Por qué el silencio sobre el verdadero rostro del narco? El primer dato que debería de recordarse es que además de que es una violencia relacionada con el narcotráfico, buena parte de esos miles de muertes son de sus sicarios. Sí, efectivamente, también hay civiles que por accidente quedaron entre el fuego cruzado: pero no es ésta la violencia política propia de una guerra civil. Más que un simple matiz y un dato para tener en cuenta... aunque no necesariamente más tranquilizador. Ese “matiz” es lo plasma en sus páginas The Power of the Dog para recordarnos una vez más, que desde la literatura se hace historia y que conocer ésta es indispensable para la política, por lo menos para la política que desea y a la que aspira el ciudadano. Buena parte de esta historia es la que quizás se perdió en ese maletín en el aeropuerto de Guadalajara. Casi nada. ______________ The Power of the Dog Winslow, Don / Ed. Vintage Crime 2006 USA Ya existe una traducción al castellano, si está hecha en España o Argentina es decisión suya correr el riesgo.

sábado, 20 de marzo de 2010

Fenomenología Del Tope

¿Qué hay detrás de un tope? Me lo pregunto cuando tras un accidente en CU. varios estudiantes demandaron que se pusieran en el circuito escolar topes, algo que a mí me parece muy poco universitario porque el tope muestra la muy poca educación del que maneja: como no respeta el límite de velocidad, se le obliga a detenerse con un obstáculo. Entonces aclaro, de lo que quiero hablar es de la dimensión cultural que subyace al Tope: de todo lo que deja ver y al mismo tiempo esconde un casi in-mobiliario urbano que hasta donde parece, es característico de este paìs.

El diccionario informa que la palabra es de origen germánico (top) y lo define como “punta o extremidad”, eso en primera instancia. Solamente hasta la octava acepción ofrece lo que es efectivamente en México: tropiezo, estorbo o impedimento. Es impresionante constatar que un objeto (el subconsciente virtual de la computadora escribió primero ojete) como el tope, sea algo tan pesadillesco que por su cotidianidad ya nos pasa desapercibido. Nos acordamos de él solamente cuando friega la suspensión del auto o al surgir sin aviso alguno el día y en el lugar menos esperado. A pesar de su presencia es común que se le olvide, la furia por el golpazo y el susto que nos llevamos solamente provoca el encabronado comentario frente a los testigos: “este tope no estaba ayer”.

Hay topes de formas, tamaños y texturas muy diversas,y parecen asociarse al sitio o rumbo en el que se ubican reflejando los gustos y las costumbres de la gente del lugar: algo así como la geografía del tope. Desde Jalisco hasta el norte del país parece que tienen preferencia por el concreto y gustan de colocarles un alma de tubo o acero. En Morelos y Puebla los disfrazan y les llaman “reductores de velocidad”: es una serie de once protuberancias que pueden ir desde los pocos centímetros hasta sus respetables pulgadas y que acortan paulatinamente la distancia entre ellas para rematar en ocasiones con uno más grande. Monterrey parece que hará su aportación con el ArtNarcó: trailers y camiones antes de las casetas.

Hace años en las carreteras eran muy comunes los llamados “lavaderos” o “vibradores”, pero ahora a esos ya solamente se les encuentra en las entradas de las casetas de cobro de las autopistas. Entre los topes más criminales están sin duda las “tortugas” de metal, que poco a poco desaparecieron de los carriles en contra flujo de los ejes viales y que a veces resucitan en lugares tan civilizados como CU: no conformes con una hilera ¡se colocan dos, para que no se diga que hay miserias! Por estos lares tambièn se ha desarrollado un modelo combinado de monumento al vibrador, muy útil para medio controlar a los chafiretes del Transporte interno concesionado.

Pero entonces si ya existen en CU –de hecho hasta semáforos hay- ¿Por qué se piden más? Como viajero frecuente por las caminos de este país, estoy convencido que al contrario de la creencia generalizada el tope no se pone como defensa ante los extraños del lugar sino de los propios residentes. El visitante es más cuidadoso porque no conoce el rumbo , en cambio hay que ver manejando a los vecinos por las carreteras que atraviesan sus poblaciones de la Costa Grande en Guerrero o de la costera en Oaxaca: lo hacen como los chilangos en el periférico.

Los topes más tiernos son aquellos que colocan las autoridades locales como demostración de modernidad. Hasta hace pocos meses, a la entrada de Acaxochitlan Hidalgo se hacía una inmensa fila de autos provocada por los demoledores vibradores a la entrada de la población, colocados ahí sin ninguna razón ni necesidad. La clave la descubrí en un pueblito cercano, cuando me pidieron colaboración para erigir un tope en una terracería estrecha y maltrecha en la que solo circulan los cien vecinos del lugar: “Es que luego vienen los chavos a echar carreras aquí”. Semanas después mostraban rostros orgullosos por la obra que les hacia sentirse más urbanos de lo que nunca serán (gracias a dios), en realidad no es necesario pero los hace sentirse bien.

Por todo lo anterior, estoy convencido que cuando en este país desaparezcan los topes significará que nos hemos vuelto un país educado que respeta los reglamentos y que no necesita que se le obligue a respetar a los demás. De paso, mostraría que no necesita de fetiches para apreciar su realidad, deseando, pensando y buscando una inexistente modernidad. Ese es el tope cultural, un tope imposible de ver sino hasta que se le siente cuando ya se cayó en él.

El Ciudadano Kien vuelve a las andadas

Como decía en mi anterior colaboración ... (hace ya algunos años) el país cambia a tal velocidad que no nos damos cuenta; la diferencia ahora es que el mundo nos acompaña en esa vorágine y nosotros a él. Dejé de escribir mi columna El Ciudadano Kien en el viejo unomásuno cuando la prensa todavía se daba el lujo de ser analítica y se preocupaba por la sintaxis y la ortografía ; hoy todo queda en manos del "cabecero" que no lee y no sabe. Fue un tiempo que para la mayoría de los usuarios del twiter,se remite al siglo pasado y por lo tanto a algo remoto, inexistente y probablemente inservible. En realidad lo último que publiqué fue en Milenio por ahí de 2003 y algunas reseñas y entrevistas más en varias revistas.
La memoria de ese tiempo me asaltó al leer la novela que he comentado en apretados tuits desde hace dos semanas: The Power of the Dog. Me ha impactado de tal manera el libro, que me empujó a retomar la redacción de una reseña y de paso, a iniciar el aprendizaje del blogger. Y digo que parece ayer, porque al leer el desfile de los personajes de la novela y ver las noticias del día de hoy, son demasiados los parecidos y al mismo tiempo, abismales las diferencias. La memoria es lo único que las puede hacer comprensibles. Más allá de la licencia literaria que le permite al autor Don Winslow alterar un poco los nombres de narcos, políticos y curas, así como las fechas de varios sucesos, la novela hace entendible el escenario general y sobre todo, la muy sugestiva trama permite comprender lo que pasó en México en los años 80s y 90s. Esa época en donde los cárteles de la droga se expandieron en poder y alcance político y financiero. Lo que se vive hoy son apenas secuelas de aquello. Varios investigadores ya habían apuntado la estrecha relación que se dio desde principios del estado de la revolución en los años 20s entre políticos y el naciente tráfico de estupefacientes. Lo que hace la novela es dramatizar esa relación cincuenta años después. Fue la segunda guerra mundial y la de Vietnam, las que darían el papel de actores principales del reparto a los rancheros de Sinaloa primero y luego a la llamada "Federación". Su poder, cabe recordar, fue gracias entre otras cosas, a la geopolítica estadounidense que para patrocinar a la Contra en Nicaragua, armó un tinglado financiero que pasaba por Irán, Panamá y México, y aquí, a través de la policía política de ingrata memoria: la DFS. Un alto costo pagado por la represión conocida como "guerra sucia". Por eso nunca sobra resucitar la historia reciente. Las explicaciones que ofrece la novela sobre la muerte del cardenal Posadas (en la novela llamado Parada), la de Colosio, la crisis financiera del 95, el papel de los religiosos como el Nuncio de esa época y el cura Montaño (otro a salvo de dar explicaciones por su misteriosa y "salvadora muerte") son bastante indicativas -por decir lo menos- del guión que vivimos como país en estos días. Soy firme convencido de que la lectura nos puede hacer libres. Me gustaba responder a las preguntas e inquietudes de mis alumnos con recomendaciones de libros para hacerlos pensar y practicar el análisis y la búsqueda información. Hoy me asumo como estudiante volviendo al aula virtual de la web. Nunca es tarde, si fui de los primeros en enviar mis colaboraciones por fax y luego por mail, así como ofrecer a los lectores mi buzón electrónico para sus comentarios, no veo porqué no intentar el twiter, estos nuevos pizarrones de la web que me recuerdan en mucho los dazibaos de la llamada "revolución cultural china". Lo democrático del twiter se refuerza con su cortedad telegráfica. Por eso recurro a este medio como un intento de abordar asuntos que rebasan esa cortedad y que por su importancia para el ciudadano, no deben perderse en el remolino triturador de la memoria ni en lo efímero del tuit . Dicho lo cual comenzaré a compartir lecturas y noticias, esperando la retroalimentación del lector y haciendo una amable invitación a la tolerancia, el gran ausente de la educación de este país . Me parece igual de espeluznante la facilidad con la que se cae en el insulto y la diatriba sin sentido, tanto como la tarea de muchos seudo periodistas en sembrar el odio y propagar el miedo. La invitación de este ciudadano es a la reflexión de nuestras diferencias, tanto como de nuestras ideas compartidas. Vale.